Relanzar antes del desgaste: la economía de Milei entra en su prueba más difícil

La primera gran victoria del programa económico de Javier Milei fue evitar el colapso. A fines de 2023, la Argentina caminaba hacia una crisis de magnitud incierta: inflación desanclada, brecha cambiaria explosiva, reservas exhaustas y un Banco Central virtualmente quebrado. El ajuste fiscal, la poda monetaria y la posterior flexibilización cambiaria frenaron aquella dinámica y le dieron al Gobierno algo que parecía improbable: tiempo.

Pero en economía, ganar tiempo no equivale a resolver los problemas. Y el tiempo que el oficialismo consiguió hoy empieza a convertirse en una exigencia política: mostrar que la estabilización puede transformarse en crecimiento sostenible.

Ese es el punto exacto donde el plan necesita un relanzamiento.

La discusión ya no pasa por si el programa evitó una hiperinflación o una crisis de balanza de pagos. Eso quedó atrás. El interrogante ahora es más incómodo: por qué, aun con superávit fiscal, exportaciones récord y una inflación muy inferior a la heredada, la economía sigue exhibiendo fatiga en sectores clave, consumo desigual y un Banco Central que todavía corre detrás de las reservas.

El problema central fue de secuencia. La apertura del mercado oficial para personas físicas —una decisión políticamente rentable porque abarató el dólar ahorro y el turismo— se implementó antes de blindar el balance del Banco Central. El resultado fue que una parte sustancial del superávit comercial terminó financiando la compra privada de divisas, en lugar de fortalecer el activo estratégico que el Gobierno más necesita: reservas netas suficientes para bajar el riesgo país y recuperar acceso estable al crédito.

La consecuencia de esa decisión se siente hoy. El Tesoro debe seguir administrando vencimientos en dólares con una ingeniería financiera fina, mientras el Banco Central compra divisas, pero muchas veces esas compras terminan esterilizadas por la propia necesidad del fisco. Las reservas mejoran, sí, aunque menos de lo necesario para despejar definitivamente las dudas sobre sostenibilidad externa.

A eso se suma otro costo menos visible, aunque políticamente más sensible: la estabilización se volvió selectiva.

La macro luce más prolija, pero la micro todavía muestra cicatrices. Industrias intensivas en empleo, comercios medianos, construcción no vinculada a grandes proyectos y buena parte de las economías regionales siguen sintiendo el peso de tasas altas, crédito escaso y demanda doméstica fragmentada. El país exporta más, produce más energía y mejora su perfil externo, pero esa mejora no termina de derramar con la velocidad que la sociedad espera.

Ahí aparece el riesgo político del “piloto automático”. Confiar en que solo el paso del tiempo haga bajar más la inflación, reactive el crédito y multiplique inversiones puede transformarse en un búmeran. La sociedad tolera sacrificios cuando percibe horizonte. Cuando la mejora queda encapsulada en balances macro, la paciencia social se vuelve un activo escaso.

Por eso el relanzamiento no debería ser un giro ideológico, sino una segunda generación del programa.

El superávit fiscal debe seguir siendo el ancla. Pero ya no alcanza como narrativa suficiente. Hace falta una etapa nueva: Banco Central más agresivo en la compra de dólares, régimen monetario más simple, incentivos para profundizar el ahorro en pesos, recuperación del crédito productivo y señales concretas para los sectores que todavía no encuentran una salida clara.

El oficialismo llega a esta fase con una ventaja que no tenía hace un año: fortaleza política, mejores leyes y un contexto energético mucho más favorable. Pero también con una obligación mayor: evitar que la estabilización derive en estancamiento elegante.

La economía de Javier Milei ya superó la etapa del rescate. Ahora entra en la fase decisiva, la más compleja de todas: probar que el orden macro puede convertirse en prosperidad tangible antes de que el desgaste social empiece a comerse la legitimidad del ajuste.

 

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