Milei, la prensa y el riesgo de una libertad selectiva

La relación entre el presidente Javier Milei y el periodismo atraviesa uno de sus momentos más delicados desde el inicio de la gestión. Lo que comenzó como una confrontación discursiva con sectores de la prensa evolucionó hacia un clima de hostilidad permanente que reabre un debate central para cualquier democracia: hasta dónde puede llegar la palabra del poder sin erosionar la libertad de expresión.

En su columna publicada este 8 de abril, Joaquín Morales Solá plantea una contradicción de fondo: resulta difícil conciliar la autodefinición liberal-libertaria del Presidente con un discurso que descalifica de manera sistemática a periodistas y medios críticos. La frase presidencial “no odiamos lo suficiente a los periodistas”, repetida en los últimos días, no solo elevó el tono del conflicto, sino que instaló una señal preocupante sobre el lugar que el oficialismo le asigna a la prensa independiente.

El contexto inmediato fue la difusión de una investigación sobre una presunta red de desinformación rusa, conocida como “La Compañía”, que habría operado en la Argentina con el objetivo de desacreditar al Gobierno. A partir de esa revelación, la Casa Rosada endureció su postura contra medios y cronistas, incluyendo restricciones de acreditaciones y una nueva ofensiva verbal desde las redes oficiales y personales del mandatario.

Sin embargo, el punto más sensible no es la disputa coyuntural, sino el efecto institucional de esa conducta. Como advierte Morales Solá, la palabra de un presidente no tiene el mismo peso que la de un ciudadano común. Cada declaración presidencial posee una capacidad amplificada de condicionar la conversación pública, influir en la agenda y, en casos extremos, generar autocensura por temor al señalamiento o al escrache digital.

Ese es, precisamente, el núcleo del problema: cuando la libertad de expresión del jefe del Estado se convierte en una herramienta de intimidación, puede terminar lesionando la misma libertad que dice defender. La democracia no solo necesita elecciones libres, sino también una prensa capaz de investigar, preguntar e incomodar al poder sin ser convertida en enemiga.

La historia reciente argentina ofrece múltiples ejemplos del valor del periodismo de investigación. Desde las denuncias sobre el tráfico de armas durante el menemismo hasta las revelaciones sobre corrupción en la obra pública kirchnerista, pasando por casos más recientes como la criptomoneda $LIBRA, gran parte de los principales escándalos institucionales fueron expuestos por periodistas. Ese rol de contralor informal, muchas veces previo a la acción judicial, es parte esencial del equilibrio republicano.

La ofensiva de Milei contra periodistas, por lo tanto, excede la lógica del enojo personal o de la batalla cultural. Se trata de un vínculo cada vez más tirante entre poder y control social, donde el Gobierno parece confundir crítica con conspiración y periodismo con militancia opositora.

La advertencia de Morales Solá es clara: ningún gobierno debería pretender decidir qué periodistas son honestos y cuáles no. Esa selección desde el poder degrada la convivencia democrática y debilita uno de los pocos mecanismos eficaces que la sociedad conserva para vigilar a sus dirigentes.

La discusión de fondo no es si existen periodistas oficialistas, opositores, mejores o peores. La cuestión central es si la Argentina tolerará que la crítica periodística sea respondida con odio desde la cima del Estado. Porque cuando el poder deja de aceptar preguntas, lo que empieza a erosionarse no es una profesión, sino la calidad misma de la democracia.

 

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