Crónica del Desvío: Mirtha, el Caos y la Ceguera del Paisanaje
Por: Madame Taraguí (La Cambicha)
Bajo el alero del rancho, donde el polvo de los caminos se asienta en el alma, la modernidad nos asaltó con la nitidez impúdica de un televisor 5K. Allí, en la "mesaza" de la diva eterna, asistimos a una coreografía del absurdo. Los paisanos, acodados en el mostrador, miraban de reojo mientras el asiduo de la casa —letrado en las sombras de la existencia— desmenuzaba el espectáculo bajo la lente del Doctor Enrique Pichon-Rivière.
Lo que la pantalla devolvía no era mero entretenimiento, sino una adaptación pasiva al desorden. Mirtha, en su vigilia de bronce, mantenía un estado de alerta máxima; no por una preocupación metafísica, sino ante el despliegue de Coco Sily y la risa volcánica de Moria. Un despliegue que, según el análisis de nuestro paisano ilustrado, no era más que un vínculo estereotipado, una máscara para no abordar la angustia de lo que nos falta.
En términos de Pichon, asistimos a una fragmentación del ECRO nacional. El grupo —esos comensales que son espejo de una sociedad que se ignora— evita la tarea. La tarea, que debería ser el abordaje de nuestra realidad local, de nuestra herida productiva y del caos que asoma en el horizonte internacional, es desplazada por el "boludeo" institucionalizado.
Como bien nos recordaría la impronta de un Santiago Kovadloff, el lenguaje se vuelve aquí un refugio del vacío. Nos narramos en la anécdota del espectáculo para no habitar el silencio de nuestra propia desidia. Mientras la carcajada inefable tapa el crujido de la estructura, seguimos postergando el encuentro con lo real. El asombro ha muerto bajo la tiranía de la inmediatez.
Estamos en alerta, sí, pero por la oportunidad de un brillo efímero, mientras el mundo —ese otro gran escenario— nos prepara un invierno que no se cura con chistes. En la pulpería de la vida, Madame, parece que preferimos el reflejo de la pantalla al peso de nuestra propia tierra.
Firma: Madame Taragui (La Cambicha)






















