Inflación: cuando el ranking latinoamericano vuelve a incomodar a la Argentina
Por momentos, la Argentina parece un país obsesionado con los rankings. Ranking de exportaciones, ranking de pobreza, ranking de deuda, ranking de libertad económica. El problema es que, cuando aparece la inflación en la tabla, la posición nunca resulta cómoda.
El dato de febrero volvió a recordarlo. El Índice de Precios al Consumidor del 2,9% mensual, difundido por el Instituto Nacional de Estadística y Censos, dejó a la Argentina segunda en el ranking de inflación de América Latina, apenas detrás de Venezuela. No es un puesto para festejar.
Lo llamativo no es solamente la posición, sino la distancia con el resto. Mientras la mayoría de los países de la región discuten cómo bajar la inflación del 4% anual al 3%, la Argentina sigue atrapada en un debate mucho más rudimentario: cómo evitar que el proceso inflacionario vuelva a acelerarse.
El contraste regional es brutal.
En Brasil la inflación de febrero fue 0,70%.
En Uruguay, 0,35%.
En Chile y Paraguay directamente 0%.
Y para completar el cuadro surrealista, Bolivia registró deflación, es decir, precios que bajan.
La Argentina, mientras tanto, discute si el 2,9% es una buena o una mala noticia.
El problema argentino
Durante años, el país explicó su inflación apelando a teorías cada vez más creativas: la “puja distributiva”, la “inflación importada”, la “remarcación empresaria” o los “formadores de precios”. Sin embargo, la evidencia regional terminó por desmontar esos argumentos.
Los mismos shocks externos que afectaron a la Argentina —pandemia, guerra, suba de energía, disrupciones logísticas— golpearon también a los vecinos. La diferencia es que ellos lograron estabilizar sus economías y nosotros seguimos discutiendo lo básico.
No es casualidad que el único país que supere a la Argentina en el ranking sea Venezuela, una economía que durante años convivió con hiperinflación, controles generalizados y colapso institucional.
Ese espejo incómodo debería funcionar como advertencia.
El dilema político
El Gobierno de Javier Milei llegó al poder prometiendo terminar con la inflación. De hecho, ese fue el corazón de su contrato electoral: ajuste fiscal, disciplina monetaria y un cambio radical en la forma de manejar la economía.
El problema es que la inflación es un fenómeno particularmente ingrato para la política: tarda en bajar, pero sube con facilidad.
El dato de febrero confirma algo que los economistas ya venían advirtiendo: después de una etapa de desaceleración, la inflación mensual volvió a mostrar una tendencia alcista desde mediados de 2025.
En términos estrictamente técnicos, el número no es dramático. Pero en términos políticos sí es incómodo.
Porque la sociedad argentina aprendió a leer la inflación como un termómetro de la economía real. Si los precios no bajan con claridad, el relato de estabilización empieza a perder fuerza.
Un país fuera de escala
La inflación argentina tiene un rasgo particular: no es alta solo en términos históricos, también lo es en comparación internacional.
En el primer bimestre del año el país acumuló 5,9% de inflación, una cifra que para la mayoría de las economías latinoamericanas equivaldría prácticamente a la inflación de todo un año.
Ese es el verdadero problema estructural: la Argentina no discute décimas de inflación como el resto del continente. Discute puntos.
Y mientras esa diferencia persista, cada nuevo ranking regional volverá a mostrar la misma escena: un continente que logró domesticar el aumento de precios y un país que todavía intenta hacerlo.
En definitiva, el dato de febrero deja una conclusión incómoda.
La inflación argentina ya no es solamente un problema económico.
Es, sobre todo, un problema político que atraviesa gobiernos, ideologías y décadas.
Y por ahora, el ranking latinoamericano sigue recordándolo.
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