Entre el ajuste y la convivencia: la posible nueva demanda política en la Argentina
En la historia política argentina hay fenómenos que aparecen de manera abrupta pero que, en realidad, se gestan durante años en silencio. El ascenso de Javier Milei es uno de esos casos. Durante mucho tiempo parecía un outsider mediático sin destino electoral relevante, hasta que el malestar acumulado en la sociedad encontró en su figura un canal político inesperado.
Hoy, mientras el país transita la segunda mitad de su mandato, comienza a surgir otra pregunta en el análisis político: ¿está empezando a gestarse una nueva demanda social?
No se trata necesariamente de un rechazo frontal al rumbo económico actual ni de un regreso a las fórmulas políticas del pasado. La discusión que empieza a insinuarse en ciertos sectores del electorado es otra: si después del ajuste económico vendrá también una etapa que combine racionalidad económica con moderación política.
El aprendizaje económico
Uno de los cambios más importantes en la cultura política argentina de las últimas décadas tiene que ver con la economía.
Durante mucho tiempo, amplios sectores de la sociedad aceptaron —o incluso reclamaron— políticas basadas en el gasto público sin respaldo fiscal, en subsidios generalizados o en estrategias de crecimiento financiadas con emisión monetaria.
Ese ciclo parece haber llegado a su límite.
La crisis del último gobierno peronista encabezado por Alberto Fernández, con niveles extremos de inflación y deterioro económico, consolidó en buena parte de la sociedad una idea que hoy parece más extendida: no se puede sostener indefinidamente un modelo que gasta más de lo que produce.
Ese aprendizaje explica en parte el respaldo social que tuvo el duro ajuste aplicado por el gobierno de Milei. Incluso sectores que sufrieron el impacto de las medidas económicas mostraron durante meses una paciencia política poco frecuente en la historia reciente del país.
El límite del respaldo social
Sin embargo, las encuestas más recientes empiezan a registrar algunos cambios en el clima social.
No se trata todavía de un quiebre político ni de una caída abrupta del apoyo al Gobierno. Pero sí aparecen señales de desgaste, sobre todo en la clase media urbana y en franjas generacionales que habían acompañado con entusiasmo el experimento libertario.
La explicación no es difícil de encontrar.
La economía todavía no logra mostrar una recuperación clara del empleo y del consumo, los salarios siguen corriendo detrás de los precios y en muchas regiones del interior se multiplican los conflictos productivos.
En localidades pequeñas, el cierre o la reducción de actividad de una empresa puede tener un impacto devastador en la vida económica de toda una comunidad.
El otro frente: el clima político
Pero el humor social no depende únicamente de la economía. También influye el tono de la política.
En ese terreno, el gobierno libertario enfrenta un desafío particular: su estilo confrontativo fue una de las claves de su éxito electoral, pero también puede convertirse en una fuente de desgaste.
La retórica de confrontación permanente —basada en la lógica de “amigos y enemigos”— tiene un efecto movilizador en los núcleos más fieles del oficialismo, pero al mismo tiempo genera incomodidad en sectores más moderados del electorado.
Ese contraste se vuelve visible cuando el Presidente dirige críticas personales contra empresarios, dirigentes sociales, artistas o ciudadanos comunes que expresan opiniones diferentes.
La confrontación puede fortalecer la identidad política de un movimiento, pero rara vez contribuye a mejorar el clima institucional.
¿Un nuevo ciclo político?
A lo largo de los últimos cuarenta años, la sociedad argentina fue modificando sus demandas políticas.
En 1983 el reclamo central era la democracia después de la dictadura. En los años noventa apareció la demanda de estabilidad económica. A fines de esa década emergió la preocupación por la corrupción y la transparencia. Más tarde, el kirchnerismo capitalizó la necesidad de gobernabilidad después de la crisis de 2001.
El surgimiento de Milei representó otro giro: el hartazgo con el populismo económico y con la dirigencia política tradicional.
La pregunta que empieza a circular en ámbitos académicos y periodísticos es si el próximo ciclo político podría combinar dos demandas que hoy parecen convivir en la sociedad: disciplina económica y mayor calidad institucional.
El liderazgo que todavía no aparece
Si ese nuevo clima político realmente está empezando a gestarse, todavía tiene un problema evidente: no existe hoy un liderazgo que lo represente con claridad.
El oficialismo mantiene una base de apoyo importante y la oposición tradicional sigue fragmentada y debilitada.
Pero la historia política argentina demuestra que los liderazgos pueden surgir de manera inesperada. Hasta hace pocos años, el propio Milei parecía un actor marginal del debate público.
Como suele recordar el análisis político, los grandes cambios electorales muchas veces se incuban en silencio, lejos de los focos mediáticos.
Quizás la próxima etapa política del país esté empezando a gestarse ahora mismo, en ese espacio difuso donde conviven el deseo de estabilidad económica con la expectativa de una convivencia política más racional y menos agresiva.
Si ese proceso prospera, podría aparecer una síntesis que muchos argentinos parecen estar buscando: orden económico sin crispación política.
Esta columna de opinión se elaboró tomando como referencia los análisis y datos planteados por Luciano Román en su artículo publicado en La Nación.






















