La mirada de Madame Taragüí (La Cambicha): el toro de bronce y el barro del Paraná

En el rancho de la Cambicha, allá donde el viento llega manso desde el Paraná River y las tardes se acomodan despacio sobre los espinillos de Goya, el silencio suele mandar más que cualquier editorial de televisión.

Pero desde que apareció el YouTube en el teléfono del sobrino, el mundo entra por la pantalla como si fuera un vecino más del barrio.

Y así fue como Madame Taragüí (La Cambicha), mate en mano, se encontró mirando a Javier Milei hablando en Nueva York frente a los dueños grandes de la plata. Los del traje caro y los bancos gigantes, como los del JPMorgan.

El Presidente les decía, con ese tono que parece mezcla de profeta y vendedor de feria, que en la Argentina se terminó la joda de los empresarios amigos del poder. Que ahora el que quiera ganar, que compita. Que el Estado no va a ser más padrino de nadie.

La Cambicha frunció el ceño, como quien escucha una historia de pesca demasiado grande para el tamaño del río.

Pero el YouTube no se quedó ahí. Después apareció otro video: el gobernador correntino, J.P. Valdés, sentado con gente de Amazon.

Dicen que hablan de inteligencia artificial, de centros de datos, de cables invisibles que llevan información más rápido que un dorado cuando siente el anzuelo.

La Cambicha miró la pantalla, miró el río… y siguió cebando mate.

Pero lo que realmente la dejó pensando fue otra imagen que apareció en el algoritmo.

En medio de la calle de Wall Street hay un toro negro enorme de bronce, el famoso Charging Bull.

Y ahí estaban: ejecutivos, banqueros, turistas, todos haciendo fila para tocarle las partes al toro.

Dicen que trae suerte.

Madame Taragüí se quedó callada un rato largo.

Porque la escena tenía algo raro: hombres que manejan miles de millones de dólares, capaces de mover mercados enteros, esperando turno para manosear un pedazo de metal como si fuera una estampita milagrosa.

Entonces pensó en su propio mundo.

Acá, cuando uno quiere que haya prosperidad, se cuida al toro de verdad, el de carne y hueso que pisa fuerte en el corral.
Y cuando la cosa se pone difícil, se prende una vela a la Basílica de Nuestra Señora de Itatí.

Nada de bronce.

Barro, fe… y paciencia.

Mientras tanto, desde el Norte llegan promesas: petróleo, inversiones, inteligencia artificial, satélites, cables que cruzan el cielo como si fueran rayas de tiza en el aire.

Todo suena grande.
Demasiado grande.

Pero cuando cayó el sol sobre el Paraná, la Cambicha dijo algo que quedó flotando como sapucai en la tarde:

—Capaz que la suerte sí existe… pero me parece que algunos la andan buscando en el lugar equivocado.

Porque si la fortuna realmente estuviera en tocarle las bolas a un toro de bronce en Nueva York…

Entonces el día que descubran lo que vale un toro correntino de verdad, capaz que la fila empiece en Wall Street… y termine acá, en el barro de Goya.

Y ese día —dice la Cambicha—
vamos a ver si las inversiones bajan del avión…

o si el toro de Nueva York termina viniendo a pastar al Paraná.