“Entre el ajuste y los misiles: el país que aprieta el cinturón mientras el mundo aprieta el gatillo”
Por: Caraí Identidad
Hay semanas que no necesitan resumen: necesitan terapeuta. Y esta fue una de esas. Argentina, siempre creativa para el caos, logró combinar plan económico en modo experimento, rosca política en modo telenovela turca y, de yapa, un conflicto internacional que amenaza con hacernos subir la nafta aunque nosotros no tengamos nada que ver. Un talento.
En lo económico, el Gobierno insiste en que el paciente está mejorando. Y es cierto: ya no grita tanto. Ahora tiembla en silencio. La inflación desacelera, dicen los números oficiales, mientras el ciudadano promedio desacelera el changuito del supermercado porque no llega a la góndola de los lácteos sin pedir un crédito a 12 cuotas. El equilibrio fiscal es el nuevo tótem sagrado. El Presidente lo abraza como si fuera un oso panda en peligro de extinción. El problema es que, en el medio, la actividad económica hace dieta forzada y el consumo tiene más agujeros que un queso gruyere.
El ministro de Economía repite que el sacrificio es necesario. Y seguramente lo es. Pero en la Argentina el sacrificio siempre lo hace el mismo: el contribuyente formal, esa especie en vías de desaparición que paga impuestos nacionales, provinciales y municipales, más una contribución especial por respirar en días hábiles.
Mientras tanto, el Congreso ofrece su show semanal. Oficialismo y oposición se acusan mutuamente de destruir el país, como si fuera una competencia. Hay proyectos de ley que se presentan sabiendo que no van a salir, pero que sirven para TikTok. Y sesiones que se levantan por falta de quórum, que es el equivalente institucional a “me olvidé la tarea”.
En el plano internacional, el conflicto entre Estados Unidos e Irán volvió a calentar el tablero. Desde la salida de Washington del acuerdo nuclear en 2018 hasta las recientes escaladas militares indirectas en la región, la tensión nunca se fue: se tomó vacaciones cortas. Cada ataque selectivo, cada represalia, cada comunicado inflamado es una ficha más en un dominó que puede terminar en el Golfo Pérsico… y en el surtidor de la esquina.
Estados Unidos, bajo la conducción de Joe Biden, intentó durante su mandato retomar canales diplomáticos, aunque con resultados parciales. Irán, por su parte, sostiene su estrategia de presión regional apoyándose en actores aliados en distintos frentes. La consecuencia inmediata de cada escalada es la volatilidad del petróleo. Y cuando el petróleo se pone nervioso, el mundo tiembla. Sobre todo los países que ya venían rengos.
Israel también juega su partida, atento a cualquier avance iraní en materia nuclear y dispuesto a actuar preventivamente si considera que la amenaza es existencial. El equilibrio es tan frágil que un error de cálculo puede encender algo más grande. Y en ese tablero, América Latina mira desde lejos… pero paga igual.
Para la Argentina, que necesita estabilidad global como quien necesita oxígeno en la montaña, el conflicto es una mala noticia. Más presión sobre los precios internacionales, más incertidumbre financiera, más dificultad para atraer inversiones. Justo cuando el Gobierno intenta convencer al mundo de que esta vez vamos en serio.
La paradoja es que, mientras discutimos si el dólar va a subir diez pesos o veinte, en otras latitudes se discute si un misil fue “disuasivo” o “proporcional”. Escalas distintas, misma sensación: vivimos en modo emergencia permanente.
La semana cerró con el Presidente reafirmando que no habrá vuelta atrás en el rumbo económico, la oposición prometiendo que cuando vuelva hará exactamente lo contrario, y el mundo preguntándose si la próxima chispa en Medio Oriente será diplomática o explosiva.
En síntesis: acá ajustamos, allá bombardean retóricamente (y a veces no tanto), y el ciudadano común hace malabares para pagar la tarjeta y entender el noticiero. Si algo demuestra esta semana es que la Argentina nunca está sola en el caos: siempre encuentra socios globales.
La buena noticia es que seguimos de pie. La mala es que estamos acostumbrados. Y eso, en este país, es casi una política de Estado.
























