El psicoterapeuta emboscado en cada ser humano: cuando nos diagnosticamos los unos a los otros - Sergio Sinay

Se pasó de negar el inconsciente a una “psicologización” del entorno cotidiano que, más que ayudar a construir vínculos, contribuye a poner etiquetas sobre los demás

 

No todas las personas que de veras lo necesitan acuden a una psicoterapia, ya sea porque no quieren o porque no pueden. Pero cada vez más personas que no lo son hablan como psicoterapeutas. Las conversaciones cotidianas están hoy colmadas de términos que casi nadie habría usado afuera de un consultorio hace un siglo atrás, salvo Sigmund Freud, Carl Jung, Sandor Ferenczi, Alfred Adler y otros eminentes impulsores de diversas corrientes dentro de la psicología.

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De pronto parece haber un psicoterapeuta emboscado en cada ser humano. De buenas a primera cada uno diagnostica a otro, o se prescribe a sí mismo, con términos como “narcisista”, “manipulador”, “tóxico”, “bipolar”, “psicópata”, “psicótico”, “autodestructivo”, “ansioso”, “evitativo”, etcétera, y le atribuyen, o se atribuyen, traumas y complejos para justificar conductas. Vemos películas y series en donde los personajes se explican y explican a otros como si fueran expertos psicólogos, y las plataformas y redes están atiborradas de recetas y terminología psicologizante que prometen solucionar las complejidades de la vida con la misma facilidad con que se prepara un bizcochuelo.

En el último tramo de la historia humana, digamos desde finales del siglo XIX a hoy, se pasó de la negación del inconsciente (aunque todavía hay quienes lo hacen) y de las profundidades de los procesos psíquicos a una extendida psicologización del acontecer cotidiano y de las relaciones interpersonales.

[El diván de las redes sociales]
El diván de las redes socialesShutterstock

El lado positivo de ello es que se cuenta con mayores y mejores recursos para el autoconocimiento, para el entendimiento de conductas propias y ajenas y para comprender los fenómenos humanos más allá de lo superficial y lo aparente. Pero hay aspectos negativos que conviene tomar en cuenta. No se debería usar términos de una ciencia afuera del contexto en el que esta se desenvuelve, y menos por parte de quien no está formado en esa disciplina. A nadie en su sano juicio, por ejemplo, se le ocurriría emplear un bisturí en un cuerpo ajeno sin tener conocimientos de cirugía. “Hemos pasado a tener todo el día el foco puesto en la esfera psicológica, a un abuso del lenguaje técnico, a erigirnos en psicoterapeutas de los demás y querer diagnosticar y patologizar comportamientos que, a menudo, son meros conflictos normales, porque las personas tienen temperamentos diferentes y distintas visiones del mundo”, explica Neus Vidal-Barrantes, profesora de psicología clínica en la Universidad Autónoma de Barcelona.

El problema es que se usa el lenguaje psicológico para categorizar a las personas. Como cualquier etiqueta, estos diagnósticos insertados en el habla son un atajo que dispensa de entender y explicar

El problema es que se usa el lenguaje psicológico para categorizar a las personas. Como cualquier etiqueta, estos diagnósticos insertados en el habla son un atajo que dispensa de entender y explicar. No es lo mismo decir “Me siento ignorado cuando no me respondés” que diagnosticar “Sos un manipulador”. El psicoterapeuta Nicholas Balaisis, de la Universidad de Waterloo, en Canadá, previene sobre el modo en que un poco de lenguaje psicológico obtenido de lecturas o de sitios online “puede convertirse rápidamente en un medio para diagnosticar a tu cónyuge o a un amigo, como forma de eludir tu propia responsabilidad en una situación de conflicto”. A su vez Rafael San Román, psicólogo y autor de ¿Qué le cuento a mi psicólogo?, insiste en el mismo punto: “El lenguaje importa; no es lo mismo decirle a alguien tóxico que problemático, ni acusar a alguien de narcisista que decirle que solo piensa en él; las etiquetas que usas influyen en el clima emocional de una relación”.

Como en cualquier orden, encerrar a una persona en una categoría impide comprenderla. Las etiquetas (los diagnósticos fuera de contexto, en este caso) totalizan a la persona, hacen de uno de sus aspectos el todo. Empobrecen los diálogos y construyen muros en las relaciones. La riqueza del lenguaje ofrece la posibilidad de explicar sin categorizar y quizás sea este, finalmente, un buen método terapéutico para sanar relaciones.

Por Sergio Sinay

Fuente: La Nacion