6 de cada 10 argentinos tienen uno: los tatuajes se reinventan y cambian de signo - Cecilia Di Tirro

Lejos de la exclusividad o la pertenencia, hoy las personas tatuadas se ven en contextos antes impensados: de aulas a oficinas o reuniones familiares, radiografía de una práctica extendida

 

Hasta no hace mucho tiempo, el tatuaje funcionaba como una señal. Algo que separaba, que marcaba una pertenencia o una distancia. El “tatuado” se percibía como rebelde, incluso temerario, o se distinguía como parte de un grupo particular, como hinchas de un club o fanáticos de una banda de música. Hoy, sin embargo, los tatuajes se dejan ver en contextos donde antes resultaba impensado: oficinas, aulas, reuniones familiares. El cuerpo tatuado ya no irrumpe: circula.

La pregunta pasó de ser por qué alguien se tatúa a qué significa hacerlo en una sociedad donde el tatuaje ya no distingue. Cuando la práctica se masifica, ¿pierde sentido o lo transforma? Estos son algunos de los interrogantes que desarrolla un estudio de la Universidad Argentina de la Empresa (UADE), que además permite dimensionar ese corrimiento con datos concretos. Lejos de tratarse de una moda pasajera o marginal, el tatuaje aparece hoy como una práctica extendida y sostenida en el tiempo.

Según el relevamiento, 6 de cada 10 argentinos mayores de 16 años se han tatuado y el 32% tiene seis o más tatuajes. Estos datos dan cuenta de una repetición deliberada y de una relación continua con la tinta. Además, el 67% afirma haberse tatuado por motivos simbólicos o personales, por encima de razones puramente estéticas. No se trata solo de adornar el cuerpo, sino de inscribir en él experiencias, vínculos, procesos vitales. El tatuaje ya no funciona como una marca identitaria cerrada, sino como un archivo emocional.

Para Eva Francica (42 años, cantante y maquilladora) ese parece ser el móvil: “Todos mis tatuajes tienen que ver con mi historia y la gente que quiero. No me da miedo que dejen de representarme más adelante, porque siempre van a hacer referencia a cosas que me constituyen”.

Uno de los más recientes generó alguna polémica entre sus allegados: se tatuó un retrato de ella y su pareja al poco tiempo de comenzar su relación. “Sonó raro y apresurado”, cuenta Eva. Pero hay una historia detrás: Eva y su novio habían sido compañeros en el jardín y en la primaria. Durante 27 años se cruzaron solo un par de veces. Cerca de cumplir 39, ella buscó la forma de contactarlo y se reencontraron. “El tatuaje es una reinterpretación de la única foto que teníamos juntos hasta ese momento: los dos en un festejo de cumpleaños del jardín, con torta y bonete. Como en la foto cada uno está mirando para un lado distinto le pedí a él, que sabe dibujar, que nos de vuelta. Y, de sorpresa, fui a tatuarme ese dibujo. Por suerte se emocionó como yo”, recuerda.

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“Hoy el tatuaje no define quién sos, pero dice algo de un momento de tu vida”, explica Julieta Olivera, directora del Departamento de Psicología de UADE. “En la mayoría de los casos no responde a una pertenencia grupal ni a una tribu urbana, como ocurría antes, sino a procesos subjetivos.”

El acumulativo aparece como uno de los rasgos centrales del fenómeno. Si antes un tatuaje podía condensar una identidad, hoy muchos cuerpos exhiben marcas que no necesariamente dialogan entre sí. El cuerpo funciona como superficie de inscripción más que como bandera.

Turquesa Topper, directora de la Maestría en Curaduría en Moda, Diseño e Innovación de UADE, propone leer el fenómeno en clave contemporánea: “Vivimos en una época donde la experiencia se fragmenta y se registra. El tatuaje se integra a esa lógica: no busca sintetizar una identidad, sino acompañar el recorrido. Es una marca que convive con otras, incluso con contradicciones”.

Registro personal

Los hermanos Álvarez perdieron a su padre después de ser atropellado. Uno de los diez hermanos, que estaba cerca del lugar del accidente, alcanzó a llegar antes de que subieran al padre a la ambulancia. En ese momento, su padre le susurró: “Estamos todos juntos”. Uno de los hermanos recogió la anécdota y decidió tatuarse la frase en árabe, para que sea algo que no todos pudieran leer de inmediato. Lo siguieron siete de los hermanos, dos primos y dos sobrinos. “Me sigo emocionando cuando lo cuento”, dice Mirta Álvarez, y agrega: “El resto de mis tatuajes también responde a un momento fuerte o conmovedor”.

Durante décadas, tatuarse implicaba tomar posición. Elegir un símbolo, un estilo, un lugar del cuerpo que funcionara como declaración. Hoy, esa lógica parece haberse diluido. No porque el tatuaje haya perdido sentido, sino porque ya no necesita justificarlo. Eso se percibe en los estudios de tatuaje. Agustina Teseyra Baglin, tatuadora e ilustradora, llegó al mundo del tattoo después de años de trabajo como ilustradora editorial y de diseño. “Yo vengo de las bellas artes. El tatuaje apareció después, casi como una forma de trasladar lo que ya hacía”, cuenta.

["Vivimos en una época donde la experiencia se fragmenta y se registra. El tatuaje se integra a esa lógica: no busca sintetizar una identidad, sino acompañar el recorrido"]
"Vivimos en una época donde la experiencia se fragmenta y se registra. El tatuaje se integra a esa lógica: no busca sintetizar una identidad, sino acompañar el recorrido"Noelia Marcia Guevara - La Nación

Para Teseyra Baglin, el cambio cultural es evidente. “Hoy hay muchísima gente tatuada, pero por razones muy distintas. Antes el tatuaje funcionaba más como identidad, pero hoy te cruzás con seis personas tatuadas y probablemente no tengan nada que ver entre sí”. Esa falta de homogeneidad no implica ausencia de sentido, sino otro tipo de construcción. “Yo lo leo como un registro emocional –dice Baglin–. Me tatué en este momento de mi vida porque algo me pasaba. Y eso queda. No tiene que explicarle nada a nadie”.

La influencia de las redes sociales también aparece como un factor clave en esta nueva etapa. “Hay tatuajes muy ‘Pinterest’, como decimos entre tatuadoras –señala Teseyra Baglin–. Líneas finas, cosas delicadas, bastante conservadoras desde lo visual. Eso no es ni bueno ni malo, pero habla de una época”. En ese sentido, el algoritmo funciona como un curador silencioso. Los estilos que se repiten no surgen solo del deseo individual, sino de una circulación global de imágenes. “Muchas veces la gente viene con una referencia muy puntual, incluso con el tatuaje de otra persona”.

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La edad ya no funciona como línea divisoria entre quienes poseen tatuajes y quienes noKrakenimages.com - Shutterstock

Los avances tecnológicos, a su vez, influyen. Hoy el diseño digital permite a los clientes disponer de una vista previa con realidad aumentada de los diseños en su piel en tiempo real, al tiempo que los escaneos corporales en 3D y diseños generados desde IA modifican la experiencia de consumo identitario. Los estudios de realidad virtual facilitan a los clientes explorar la ubicación y el tamaño del tatuaje antes de definirse.

“Además, en cuanto al equipamiento y sus bondades tecnológicas, ya existe internacionalmente una robótica de precisión con la intención de reducir el error humano y brindar nuevas posibilidades. Las tintas también poseen avances: tintas veganas biocompatibles e hipoalergénicas, tintas UV y fluorescentes (invisibles a la luz del día, que brillan bajo la luz ultravioleta). Las agujas inteligentes permiten monitorizar la profundidad y la presión para obtener resultados consistentes”, agrega Topper.

Una estética global

Las estéticas más demandadas hoy acompañan un movimiento hacia lo replicable y lo discreto. Según coinciden tatuadores y especialistas, el fine line, el microrrealismo y las líneas limpias encabezan las consultas. Son tatuajes pequeños, de bajo impacto visual, fácilmente ocultables y compatibles con múltiples contextos sociales.

Topper observa que esta preferencia dialoga con un cambio más amplio en la relación con el cuerpo. “Hay una búsqueda de control, de armonía visual. El tatuaje no irrumpe, acompaña. Se integra al cuerpo como si siempre hubiera estado ahí”. En este sentido, no es menor la masificación de la práctica. Cuando el tatuaje deja de ser excepcional, su potencia simbólica se desplaza. Ya no escandaliza ni marca una frontera. Simplemente está.

El Mundial de Qatar 2022 dejó una marca visible en miles de cuerpos argentinos. En los meses posteriores al triunfo, estudios de tatuaje de todo el país recibieron oleadas de consultas por las tres estrellas, copas del mundo, retratos de Messi, la fecha del 18/12/22. Fue un fenómeno masivo, espontáneo, casi ritual. El tatuaje funcionó como forma de celebración colectiva, pero también como un gesto privado: una manera de anclar en la piel un momento de euforia compartida.

Lo llamativo no fue solo la cantidad, sino la velocidad: en pocas semanas, el tatuaje del Mundial pasó de ser una decisión individual a convertirse en signo de época. Hoy, esos tatuajes conviven con otros que llegaron antes o después y ya forman parte del archivo visual de una generación que vivió ese diciembre como un quiebre.

Claro que la normalización convive con otras corrientes más disruptivas. Federico Ortuño, tatuador especializado en estilo tradicional y fundador del Estudio Lumiere, lo ve desde el interior del oficio. “Para mí el tatuaje se masificó hace rato. Hace más de diez años vienen familias enteras a tatuarse. Lo que cambia son las modas internas”. Ortuño empezó a tatuar a los 20 años, después de haberse tatuado él mismo desde la adolescencia, y hoy observa una escena diversa y fragmentada. “Hay momentos en que todos quieren lo mismo: blackwork, líneas finas... Ahora hay un revival de cosas noventeras, como tribales reversionados. El tatuaje también tiene ciclos”.

Desde la medicina

Si el tatuaje se volvió cotidiano, la medicina tuvo que aprender a mirarlo sin prejuicios, pero con atención. Porque tatuarse implica intervenir la piel y eso siempre tiene consecuencias posibles. “La piel tatuada es una piel que fue lesionada de manera controlada”, explica Camila Pavón, dermatóloga especialista en dermatología clínica y estética del Hospital Italiano de Buenos Aires. “En la enorme mayoría de los casos no hay complicaciones, pero eso no quiere decir que el tatuaje sea inocuo”.

Las consultas más frecuentes incluyen reacciones alérgicas a los pigmentos, infecciones bacterianas por mala cicatrización y cicatrices hipertróficas o queloides, especialmente en personas con predisposición. “Muchas reacciones no aparecen de inmediato, sino meses o incluso años después”, aclara.

Su colega, la médica dermatóloga Vanesa Birenbau, señala que la masificación del tatuaje obligó a profesionalizar la práctica. “Hoy los estudios serios trabajan con materiales descartables, tintas certificadas y protocolos de higiene estrictos. El problema aparece cuando se tatúa en contextos no regulados”.

Ambas coinciden en un punto clave: la información previa es fundamental. “No es lo mismo tatuarse una línea fina en el antebrazo que cubrir grandes superficies, ni hacerlo a los 20 que a los 50”, señala Birenbaum. Factores como enfermedades autoinmunes, trastornos de cicatrización o antecedentes alérgicos deberían evaluarse antes de pasar por la aguja.

¿Arrepentidos?

El arrepentimiento es uno de los grandes mitos que rodean al tatuaje. Los datos, sin embargo, relativizan esa idea. Según el estudio de UADE, solo el 15% de las personas tatuadas reconoce arrepentirse de alguno de sus tatuajes. Y aun dentro de ese grupo, el 70% no hace nada para removerlo.

[Las estéticas más demandadas hoy acompañan un movimiento hacia lo replicable y lo discreto]
Las estéticas más demandadas hoy acompañan un movimiento hacia lo replicable y lo discretoFreepik

“El procedimiento de remoción es sencillo, pero el proceso es bastante lento y la duración del tratamiento va a depender de factores como el tipo de láser , la técnica con la que se hizo ese tatuaje, la calidad de la tinta y la capacidad de metabólica de cada paciente”, advierte Camila Pavón. Birenbaum agrega: “El tratamiento por lo general lleva seis sesiones y las mismas se realizan cada 60 días”.

Federico Ortuño también ha visto arrepentimientos veloces. En su caso, la vuelta atrás es a través de covers (tatuajes que tapan otros). “Tuve un cliente que se tatuó un corazoncito con el nombre de la novia: Astrid. Adentro del corazón puso A-S-T. Una semana después vino y me dijo: ‘Nos separamos’. Le pregunté si se lo quería tapar y me dijo que no, que le agregara una S arriba de la T, en rojo, como para que quedara A-S-S. Y después, directamente vino a taparlo. Hicimos un corazón negro arriba. Todo eso en un año”.

Nadia Klencik vive con una disyuntiva: “En mi antebrazo tengo un símbolo celta, que representa la amistad y el infinito. Es un match tattoo hecho con la que fue mi mejor amiga en la infancia y adolescencia. Ya de adultas nuestro vínculo se desdibujó y no terminó de la mejor manera. No decido qué hacer. Los tratamientos son costosos, y sobre la idea de cubrirlo con un cover, entiendo que debería ser algo demasiado grande y en negro para poder taparlo bien”.

No todos los match tattoos fracasan: Paula, Zaira y Mercedes se conocen desde muy chicas, pero el tatuaje llegó cerca de los 40, como una reconfirmación de esa amistad que atravesó décadas. Se tatuaron el número 118, en honor a la línea de colectivos que las llevó tantas veces del colegio al barrio, o de vuelta a sus casas después de las primeras fiestas. El tatuaje no buscaba recordarles algo que podían olvidar, sino marcar la permanencia de anécdotas y aventuras que ya eran parte de quiénes son.

[Paula, Zaira y Mercedes: tres amigas que tienen el mismo tatuaje]
Paula, Zaira y Mercedes: tres amigas que tienen el mismo tatuajeNoelia Marcia Guevara - La Nación
[Eligieron el número 118 en homenaje al colectivo que las llevaba al colegio cuando eran adolescentes]
Eligieron el número 118 en homenaje al colectivo que las llevaba al colegio cuando eran adolescentesNoelia Marcia Guevara - La Nación

Algo similar le ocurre a Gisela Bazzini, que comenzó a tatuarse a los 32 años y hoy, 13 años después, tiene 17 tatuajes. “Todos vinculados con personas importantes o con una etapa muy puntual de mi vida”, cuenta. Es de las que no puede imaginarse sin sus tattoos, y espera contarle la historia de cada uno a sus nietos.

La escena del tatuaje también se transformó desde adentro. A la profesionalización de los estudios se suma una nueva generación de tatuadores muy jóvenes, con acceso a buenas máquinas, insumos de calidad y formación autodidacta. “Hay chicos y chicas de 20 años que tatúan de una manera increíble –dice Teseyra Baglin–. Y aparecen estilos nuevos, incluso tatuajes que funcionan como memes. Técnicamente están muy bien hechos, pero juegan con el humor, con lo absurdo”.

Lo paradójico es que, en una sociedad tatuada, la piel limpia empieza de pronto a llamar la atención. No como resistencia ni como gesto político, sino como elección estética. El clean look, es decir, la ausencia de marcas, aparece también como una forma de decir algo. Julieta Olivera, de UADE, recuerda un comentario que circuló hace unos meses y que ilustra muy bien ese giro cultural: “Julián Álvarez fue señalado como ‘el distinto’ dentro de la Selección por ser de los pocos jugadores sin tatuajes. En ese momento pensé que, tiempo atrás, algo así habría sido impensable: no tener tatuajes no era un rasgo que llamara la atención. Sin embargo, hoy ocurre casi lo contrario. Ese cambio conceptual, donde lo llamativo pasó a ser no tatuarse, me resulta especialmente revelador”.

Por Cecilia Di Tirro

Fuente: La Nacion