El AFAgate y un silencio que mete mucho ruido - Pablo Vaca

Que el fútbol no hable del escándalo que involucra a Chiqui Tapia y sus amigos se entiende, pero ¿por qué calla la política?

 

Aun para los más curtidos en el arte de seguir los casos de corrupción, el AFAgate demanda un grado superlativo de atención. Es tal la maraña de nombres y empresas involucrados, y es tal la cantidad de manejos realizados que asomarse a cualquiera de las investigaciones periodísticas que se vienen publicando requiere la paciencia de Noe y el detallismo de Sherlock Holmes.

En cada una de esas notas queda a la vista una red complejísima. Un entramado montado, justamente, para que no sea sencillo sacarlo a la luz.

Se fueron conociendo contratos leoninos, gastos insólitos, mansiones fastuosas, compañías inventadas y cerradas con premura, comisiones extravagantes, balances dudosos y, sobre todo, conexiones entre protagonistas poderosos que hablan de una asociación con un único fin claro entre tanto asunto oscuro: llevarse la mayor cantidad posible de plata.

Recordemos que el asunto va desde lavado de dinero y evasión fiscal, a un manejo poco transparente -dicho esto con una enorme dosis de generosidad- de los ingresos generados por los partidos y esponsoreos de la Selección en el exterior, y que hay al menos tres causas judiciales relacionadas con las distintas componendas.

Pero otro aspecto que contribuye en mucho a la opacidad del caso se vincula a la extraña omertá que lo rodea. No sólo el mundo del fútbol ha guardado un notable silencio ante las denuncias: la política en general ha permanecido ostentosamente callada ante el escándalo.

Como si muchos tuvieran miedo de escupir para arriba.

De hecho, no solo nadie reclamó que aunque sea Chiqui Tapia fuera despedido de su rol de presidente de la Ceamse - una sociedad del Estado parte de la Provincia y parte de la Ciudad de Buenos Aires- sino que se emitieron señales para fortalecerlo, como la foto que se sacó con él el ministro de Gobierno bonaerense, Carlos Bianco, mano derecha del gobernador Axel Kicillof.

Tapia y su ladero Pablo Toviggino llevan años anudando terminales con la política que le aseguren blindajes como el que disfrutan ahora, a tal punto que el dirigente sigue tomando sol en Mar del Plata y declara no estar preocupado por las denuncias. Esas sociedades -con Sergio Massa, Kicillof, Gerardo Zamora, intendentes del GBA, Daniel Angelici- prueban hoy haber sido una buena inversión.

Porque el ruidoso silencio excede al PJ y al Frente Renovador de Massa (del cual el comisionista Javier Faroni fue legislador provincial). Por caso, el PRO también ha callado, tal vez por aquellos vínculos que tenía con Tapia cuando el dirigente se sentaba en la Ceamse pero en representación porteña. Figuras como Mauricio Macri, su primo Jorge o el ahora ministro libertario Diego Santilli no emitieron palabra. Lo mismo que la UCR, donde Angelici todavía pisa fuerte.

La excepción a la regla ha sido la Coalición Cívica de Lilita Carrió, responsable de varias de las denuncias.

Incluso el presidente Milei, que arrancó fuerte contra Tapia por el deshonroso título ex post a Rosario Central, parece ahora limitarse a dejar que actúen organismos como la IGJ o el ARCA, absteniéndose de declaraciones o posteos desde que el caso pasó del mundo deportivo al mundo de la corrupción, actitud compartida por la mayor parte de las voces libertarias.

El silencio del fútbol se entiende fácil: ningún dirigente quiere que, bombeo mediante, con VAR o sin VAR, su equipo se vaya al descenso. Se apilan los campeonatos donde los pitazos favorecen o condenan de manera sospechosa.

El silencio de la política, en el fondo, tampoco sorprende: confirma que lo único que el caso deja en claro es que resulta muy turbio y que tal mugre seguramente provenga de tanto chapotear en el barro.

Inevitablemente salpica.

Fuente: Clarín