Cuando Juan Domingo Perón asumió su primera presidencia, lo hizo con el beneplácito de los católicos. Su tercera posición ideológica situada de manera independiente entre el capitalismo liberal y el socialismo marxista (que habían inventado los fascismos en la primera mitad del siglo pasado y con la cual simpatizaba) encajaba también perfectamente con el planteo, entonces sostenido por la Iglesia, de una vía intermedia entre ambas ideologías.