Los que dan vuelta las elecciones

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Cuál es la única verdad.

Perón sostenía que era la realidad, pero en la Argentina el debate aristotélico se complica por las realidades tan distintas que describen a diario los dos países en pugna. | Pablo Temes
Gustavo González

“La única verdad es la realidad” es una de las frases más celebradas de Perón, tanto por oficialistas como por opositores, y responde a la pregunta tácita de qué es la verdad.

Lo provocativo es que la respuesta cuestiona en sí misma el concepto de “verdad”: la idea de que la verdad es una e irrefutable. Pero el problema de la premisa es que, al mismo tiempo que plantea una razonable duda sobre qué es verdad, le atribuye certezas absolutas al concepto de “realidad”. Perón sostiene que no hay una única verdad, pero asegura que sí hay una única realidad.

Retoma un debate aristotélico más profundo sobre la noción de realidad que, en política, conlleva un riesgo cierto: quién determina y cómo se decide qué es la realidad y, por ende, la verdad.

Si a un líder se le concede el poder para dictaminar al respecto, la pregunta es qué pasaría con quienes no coincidan con su presunción de realidad y de verdad.

Hay una sociedad no alineada con la grieta que desde 2013 inclina la balanza electoral hacia uno u otro lado

Crisis hegemónica. Cuando en las sociedades se impone un relato hegemónico, los líderes que lo corporizan son los que reflejan y verbalizan lo que se entiende por realidad en cada época.

Por ejemplo, el primer peronismo impuso mayoritariamente el ideal de “soberanía política, independencia económica y justicia social”. Tras 1983, la realidad-verdad aceptada fue el “Nunca más” a las dictaduras militares y el reconocimiento a la convivencia democrática.

Para imponerse, los relatos deben ser admitidos como verosímiles y correctos por una amplia mayoría.

Pero cuando existe un empate hegemónico en la sociedad (dos fuerzas con capacidad de daño similar que no se logran imponer una sobre la otra, según Portantiero), no existe un líder ni un relato capaces de garantizar una única realidad.

Entonces, aquella discutible premisa de Perón, que puede ser más congruente con tiempos hegemónicos, pierde sentido en momentos como este, en los que, más que nunca, la única verdad es que no hay una única verdad.

Verdades relativas. Hoy todo es relativo en la Argentina. Una parte del país y de sus dirigentes muestra una realidad que el resto no ve. La negación de la otra realidad es mutua. Como no hay una realidad que sea aceptada como tal por una amplia mayoría, todas las verdades son relativas. Todo es discutible, todo puede ser verdadero o falso. Depende de quién lo relate.

Gobiernan ladrones de vacunas capaces de envenenar a la población con un remedio ruso por culpa del cual ahora ni siquiera se puede entrar a los Estados Unidos o es un gobierno de científicos que, más allá de los errores, intenta vacunar a la mayor cantidad posible de ciudadanos. Alberto Fernández es un títere de Cristina obligado a cambiar el gabinete o es un okupa que no se allana a las directivas de su jefa. Aníbal Fernández es parte de todas las mafias, como denuncia Carrió, o son mentiras de una “mujer sucia” y la única mafia que él conoce es la “mafia judicial” del macrismo. El nuevo presidente de la Corte es un delegado de Macri, un peronista de Alberto o un adversario de ambos. La reducción en términos reales de jubilaciones y sueldos estatales es parte de un ajuste salvaje del Gobierno, como señala la oposición, o es una medida que la oposición considera inevitable para ordenar las cuentas públicas, aunque en campaña no es conveniente decirlo. Es imprescindible acordar rápido con el FMI o acordar ahora sería aceptar condiciones imposibles. Kicillof es un oportunista que esta semana se acordó de que los chicos debían estudiar incluso los sábados o eso es posible ahora por el retroceso del virus y por la necesidad de recuperar días de clase.

¿Y si asumiera Alberto?

Realidades a medida. Es apenas una síntesis del debate mediático de los últimos diez días en los dos países. Aun dentro de cada país subsisten relatos en pugna, como el del cristinismo y el albertismo. O el de las palomas y los halcones en la oposición.

Cada realidad está alimentada por datos ciertos, por datos falsos y por datos que se comunican como ciertos a las respectivas audiencias, sin aclararles que no están confirmados.

La realidad que surge de cada país está tan condicionada por los prejuicios y supuestos de cada relato que termina siendo verosímil solo para el país propio. Para el otro, son ficciones maliciosas y caricaturescas.

La derrota del oficialismo en las PASO está inevitablemente cruzada por la gestión sanitaria y económica de la pandemia. Pero también por la incomodidad de la sociedad no alineada con las narrativas de la grieta.

La sociedad no alineada. Son los sectores sociales que ya no se sienten reflejados por esas dos realidades y por las construcciones argumentativas que de ellas se desprenden y se presentan como verdades.

En términos concretos, son quienes dejaron de creer que la retórica polarizada de esos relatos les sirva para modificar sus condiciones de vida.

En términos del espectáculo posmoderno, son los que se aburrieron del show de la pelea.

En términos electorales, son aquellos que en 2013 les restaron 20 puntos a los que Cristina había conseguido dos años antes y que en 2015 votaron al opositor con más chances de ganarle a ella, con la expectativa de que apareciera un nuevo destino superador que tomara lo mejor del anterior, condenara lo peor y abandonara la agotadora retórica de la grieta.

Es el mismo sector que en 2019, tras el fracaso de Macri y la sensación de que él era parte del problema, se volcó a alguien como Alberto F, que había sido crítico de Cristina y de Macri y se presentaba, desde el peronismo, con un perfil transgrieta. También Lavagna, el tercero más votado, fue emergente de ese electorado.

Sin embargo, para la campaña de estas PASO, el oficialismo dejó el tono conciliador con el que Alberto Fernández llegó al poder y, a diferencia de 2019, levantó el perfil más duro de Cristina.

Ambos abonaron la tesis de que el Presidente también era parte de la grieta y no el hombre moderado de la campaña anterior que, al comienzo de la pandemia, se había rodeado de gobernadores de distintos signos y había alcanzado una imagen positiva del 70%.

Cruzan todas las capas sociales y entendieron que la retórica de la polarización no mejoró sus vidas

Un 30% de la sociedad quedó satisfecho (o no tan incómodo) con el giro y volvió a votarlo. Pero quienes lo habían elegido con la esperanza de encontrarse con la corporización de un nuevo relato, esta vez no lo votaron. Se sintieron defraudados, como con Macri, y sufragaron por candidatos más moderados, como Santilli, Manes, Vidal o peronistas no alineados con el imaginario camporista.

Retórica. No está claro a qué porcentaje del total del país representa ese electorado, ni si en las PASO encontró a los candidatos que reflejen sus intereses y los volverá a elegir en las generales, o si se trata de un magma en movimiento que se terminará de solidificar recién en 2023.

Lo que sí creo es que en la Argentina ya no se consiguen mayorías, ni siquiera acotadas, haciendo campaña desde la grieta.

Los gestos extremos de la polarización, los gritos tribuneros, los insultos de campaña y la satanización del adversario se vienen convirtiendo desde hace casi una década en símbolos de la incapacidad de los líderes para resolver los problemas concretos.

Y creo que ese descontento da vuelta elecciones tanto en los barrios más pobres como en los más acomodados.

Para estos sectores, la única verdad es que los anteriores relatos de la épica nacional y popular o del eficientismo ceocrático se revelaron como la retórica hueca de la inoperancia política para dialogar y encontrar acuerdos de largo plazo.
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