La educación es el bien más preciado en el planeta; la Argentina debería tener como prioridad dotar a las personas de las herramientas para desenvolverse en el mundo

nuevo

La presente etapa de la globalización (que ya no es un mero proceso de creciente universalización de empresas, sino que lo es de personas, organizaciones, ideas, información, relaciones) está haciendo fluir cambios inexorables, indetenibles, que no son producidos por ningún poder centralizado, sino que son efecto de la suma de millones de actos individuales en todo el globo (en los últimos 15 años los flujos de datos en el planeta crecieron 50 veces más que el comercio internacional de bienes).

El mundo ha cambiado. Por ello entre las 20 economías más grandes ya están las de la India, Brasil, México, Indonesia, Turquía y Arabia Saudita; y entre los países con mayor PBI per cápita están Singapur, Israel, Qatar y Nueva Zelanda. Entre las "100 mayores economías del mundo" hay más empresas (69) que países (31), casi 1000 millones de usuarios de redes sociales interactúan regularmente con extranjeros y casi 400 millones de personas hacen compras fuera de sus países.

Los países que progresan se convierten ahora en plataformas desde las cuales las personas (por sí mismas o por su participación en organizaciones de diverso tipo) actúan en la generación de la nueva riqueza, tangible o intangible. Y los más ricos son los que participan más activamente de esos procesos de creación. Así, dice el McKinsey Global Institute que ahora solo el 18% del comercio internacional total está explicado en una competitividad basada en menores costos laborales y el resto (la gran mayoría) prevalece por condiciones cualitativas (el valor prevalece sobre el costo).

Lo más relevante para la nueva globalidad (más que la tasa de inversión en activos físicos, que los flujos financieros trasnacionales o que las políticas públicas productivas) es la generación de conocimiento valioso, dentro de lo cual prevalece la formación de las personas. Decía Alberdi que aquello supone la instrucción, que es provista por los sistemas formales, y además la educación, que surge de la interacción y convivencia con los más adelantados parámetros de la cultura.

Mientras que la tasa de inflación en promedio en el mundo no supera 3% anual, sin embargo, si se analiza la evolución de los precios internacionales desagregados por rubro, se descubre que los que más se han elevado en el planeta desde el inicio del siglo son los de los servicios de educación (crecieron 40%, mientras los de la salud crecieron solo 9%, los de los alimentos han permanecido en el mismo nivel, y han caído 37% los de la indumentaria y 45% los de los servicios de comunicación). La educación es el bien más preciado en el planeta. Pensaba Edison que la renta es la prueba de la utilidad y la utilidad es el éxito. La Argentina debería tener como prioridad dotar a sus personas de las herramientas para desenvolverse en el mundo nuevo. Y esas herramientas operan dentro y no fuera de las personas.

Dice Borja Villesca que vivimos en un mundo de esclavitud mental porque estamos gobernados por la "ignorancia colectiva", que se basa en un sistema de creencias que no favorece el autoconocimiento, y que hay cuatro lagunas en la ya pasada de moda educación industrial que requieren superaciones en cuatro planos: el emocional (que concede aptitud para resolver los problemas por uno mismo), el espiritual (que permitiría buscar un sentido a todo), el financiero (que sirve para encaminar la vida económica personal) y el emprendedor (que permite crear una profesión sin depender de antiguos colectivos productivos que decaen).

El nuevo mundo muestra cinco cualidades: es global, cognitivo, autonomista, cambiante e interactivo. Y para disponerse en él es preciso prepararnos. Tanto a través del sistema formativo institucional (reperfilándolo) como de las empresas (invirtiendo en la gente), de las instituciones religiosas (volviendo a las fuentes espirituales algo infraatendidas) y por las propias personas (autoconduciéndose, lo que es la fuerza más efectiva, porque nada puede adaptarse más rápido que cada uno: los costos transaccionales en las organizaciones son cada vez más pesados comparados con la virtud del que actúa espontáneamente, vinculándose con los demás, en el sentido adecuado).

Así, las cualidades del saber nuevo, además del conocimiento específico (técnico, científico y operativo), incluyen la curiosidad, la iniciativa, el carácter, la apertura, la argumentación, la asunción del riesgo virtuoso, la persistencia, la adaptabilidad, el pensamiento crítico y las vinculaciones humanas basadas en la confianza. Ahora bien: desarrollar esto requiere algo anterior: tener ordenado el ecosistema en el que se actúa, porque de otro modo (en el desorden) lo que se alienta es el cortoplacismo, la cobertura espuria, la ilegalidad, la disputa, el proteccionismo defensivo, la desconfianza.

En ese sentido, hay aspectos que resultan críticos en nuestro país: los más desprotegidos económicamente no acceden a los procesos de formación actualizados (a través de los sistemas de instrucción); pero -algo que no muchas veces se advierte-, además, muchos de los que sí están menos ajustados en sus presupuestos, o formados o formándose (a través de probadas instituciones instructivas o de la convivencia en elites que concede la educación entre los ilustrados), lo están haciendo en una sociedad que -a través de su economía y su política- es crónicamente inflacionaria, cerrada, conflictiva, no competitiva e inestable. Ello alienta a las personas a conductas cortoplacistas, a desarrollar el instinto defensivo, a prepararse para la ocasión más que para la creación.

Hay una inestabilidad virtuosa: la natural, la del cambio tecnológico que alienta a inventar, crear, progresar. Pero hay una volatilidad defectuosa: la que cambia las condiciones institucionales del contexto y alienta la búsqueda de sobreprotección, la reacción y hasta el engaño.

Sostuvo Gramsci que el sentido común es lo que la gente piensa cuando no está pensando y lo que dice cuando no piensa lo que quiere decir. La formación del sentido común lleva años y surge de la educación más que de la instrucción. Las economías inestables, aleatorias, politizadas, crean un sentido común, aun en los más formados, que no condice con el que cultivan los que progresan (que es el que lleva a planificar, desarrollar estrategias, motorizarse en el futuro, innovar). La agresión socioambiental genera conductas defensivas, mientras que el dinamismo virtuoso alienta el progreso. No poco de lo que se critica del "ser argentino" en el exterior de nuestro país se vincula con esto: la necesidad de prepararse para enfrentar un ecosistema que predispone casi instintivamente en el sentido opuesto al que el mundo premia. Luego, conductas de empresarios, profesionales, lideres públicos, prestadores son efecto de las condiciones de ese ecosistema.

La modernidad no surge de agregar adornos al entorno viejo. Requiere bases virtuosas. Contrario sensu, la inestabilidad macroeconómica, la fragilidad jurídica, la sobrepolitización, la conflictividad constante, todo ello predispone y prepara mal para enfrentar al mundo nuevo. Y no solo afecta el presente: crea una herencia proyectada.
Por: Marcelo Elizondo
LA NACION


0
0
0
s2smodern
powered by social2s

Gobierno de corrientes

Alternative flash content

Requirements

loteria cuarentena

incone

publicidad vianda

Alternative flash content

Requirements