Asume un gobierno en su nombre. Vale la pena el intento de recordar algunos rasgos que definieron una causa.


Por Julio Bárbaro
El peronismo expresó la conciencia de la clase trabajadora, del obrero que fue gestando su cultura, de esa mezcla de razas donde el mestizo, al que llamaban “cabecita negra” se integra con el tano y el gallego, el ruso, que era judío, y el turco, que era árabe, porcentajes muy fuertes de sangres que se encuentran en ese crisol que es nuestra tierra. Y viene desde siempre, de lejos, el sueño de ser nosotros contra el mito de educarnos “civilizados”, y ese mundo le devuelve la vigencia a lo que ellos llamaban “la barbarie”. El peronismo era eso, como había sido antes la lucha de Rosas y después la de Yrigoyen, ahora ya entraban a imponerse para siempre los de abajo, “descamisados”, con las patas en la fuente de la plaza, esos obreros que delineó Carpani, ese pensamiento hijo de FORJA, acompañado por el tango, por Homero, Catulo y Discepolo. Hugo del Carril canta la marcha, después vendrá Nelly Omar, que nunca dejó de ser Malena, y el cine de Leonardo Favio. Del otro lado había vida y de la buena, como el talento desbordante de Victoria Ocampo con vocación de hacernos universales y el más grande, Jorge Luis Borges, que llegó a encontrarse y dialogar con el Padre Bergoglio.
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Eran mundos que no se tocaban. Ahora Mario Bunge se autocrítica por no haberlo entendido y lo hace después de los 100 años, con el valor que eso tiene como símbolo. La idea impuesta de que el peronismo era parte de una especie “incomprensible”, como si la realidad para tener derecho a existir debiera pasar por la aduana de la razón burguesa. La conciencia del colono de sentirse un ser superior tiene dimensión universal. Éramos Europa, indudablemente mejor a este presente de fotocopia de Miami. Eso sí, la idea de moldear la mente del obrero era sin duda asimilarlo a una visión de la vida que no le pertenecía. Y ellos, los de abajo, decidieron tener la propia. Duro conflicto con los rubios finos y elegantes. Ellos, los elegantes, tenían Mar del Plata. Llegaron los sindicatos, la masa, el pueblo, y fueron huyendo a lugares exclusivos. Eran los ricos de antes: soñaban ser Europa, imitaban sus palacios y compraban su arte; el Museo Nacional refleja sobradamente ese sueño de esplendor. Eran otros tiempos, con burguesía nacional, tiempos en los que todavía los gerentes adoradores del becerro de oro no habían terminado de saquear la sociedad. Pero Discépolo y Borges no se pudieron saludar, y nosotros no fuimos capaces de lograr una síntesis que los contuviera.

El peronismo termina con la muerte del General. Él intentó recuperar a mi generación, le entregó una enorme cuota de poder que ya desperdiciaron en Ezeiza y luego, asesinando a Rucci. La guerrilla fue la expresión de la clase media que nunca terminó de entender a Perón. Muchos de ellos eligieron ser rubios de izquierda y en consecuencia marxistas, como todo colonizado que elige lo importado frente a lo nacional. La guerrilla se suicida sin entender la democracia y soñando ser “vanguardia iluminada”. El kirchnerismo es el hijo dilecto de aquella mirada de lucha de clases con escasa noción de patria. Ahora siguen con el sueño de la confrontación. El Perón del abrazo les quedaba grande, para ellos todo se explicaba con el nefasto Lopez Rega, absurdo fruto de la incomprensión de la política.

En Uruguay nos vuelven a dar una clase de madurez. Los uruguayos lograron que la guerrilla se volviera democrática y ganara elecciones, que la derecha fuera culta y amplia y ambas se respeten. No inventaron nada, el talento fue ponerle el esfuerzo y hacerlo realidad. El Perón del abrazo con Balbín, con Frondizi, con Solano Lima, es la parte del pasado que debemos imponer como presente porque reivindicar fanatismos y elogiar divisiones no es “progresista”, sino tan solo una muestra edulcorada del atraso, de ese que continúa multiplicándonos la miseria y la decadencia.

Macri no deja legado, exacerba la caída y el kirchnerismo genera miedos que le regalan a Juntos por el cambio un 40% de votos. Alberto Fernández debe ampliar su base de sustentación y mitigar el miedo; Cristina Kirchner tiene el desafío de completar su triunfo achicando la vigencia de la secta y abriendo el espacio a los que dudan. Y el no peronismo debe reconstruirse como partido político más allá de ser un sueño económico de los que menos necesitan. Eso que nos genera envidia en Uruguay es fruto de un gran esfuerzo, se trata de forjar un proyecto de todos y para todos, de volver a ser Nación. Hay que ponerle pasión a la cordura, disolver los fanatismos, tratar de ser estadistas, salir de esta plaga de operadores y punteros, de esta degradada pulseada entre negocios que ocupa buena parte de ambos bandos. Que algunos vuelvan a pretender trascender. En ese espacio se suelen encontrar la política como vocación y el destino como trascendencia. Hoy nace algo nuevo. Que no sea una nueva frustración y que los sueños derroten para siempre a la pesadilla. Apostemos a eso. A lo demás ya estamos acostumbrados.
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