El peronismo clásico -que incluye a varios de los gobernadores, aliados del Frente de Todos- no sale de su asombro -y, en algunos casos, de su enojo- con la súbita "cristinización" de Alberto.

En los últimos diez días, sacudió con dureza a Trump, nuestra única tabla de salvación con el Fondo a la hora de dulcificar la renegociación de la deuda y, a la vez, la llave para recuperar el agujereado vínculo con Bolsonaro. Por si fuera poco, refrendó la teoría del lawfare, que jamás había salido de su boca cuando era jefe de campaña de Massa o de Randazzo; se mostró con un grupo de líderes internacionales progresistas, que hoy juega en los márgenes y que no está en condiciones de aportarle nada a una Argentina extenuada; le exigió al mundo que caracterice como un "golpe militar" la crisis en Bolivia, construyendo artificialmente una dicotomía entre institucionalistas y "golpistas" y -lo más urticante- promovió públicamente a Máximo Kirchner como un eventual futuro presidente. Es decir, lo ubicó como un potencial sucesor.

Molesto con el inesperado ropaje cristinista del presidente electo, un gobernador del PJ lo interpreta así: "No vamos a sustituir ahora la grieta K/anti-K por la peronista-progresista. El 40% que votó a Macri no lo hizo por sus logros sino por miedo a Cristina. Alberto tiene que ser síntesis, desarmar los miedos, no activarlos". ¿Un giro por influencia de Cristina Kirchner, por mera sobreactuación o fruto de una elaborada estrategia? "Mimos al kirchnerismo emocional", lo encuadra un dirigente progresista cercano a Fernández. Se explaya: "No hay improvisación sino una pensada estrategia. La sorpresa y la imprevisibilidad siempre fueron ingredientes identitarios para el peronismo. Tres gestos a la izquierda, otros tres al centro para compensar. Como nuevo príncipe peronista que es, Alberto se entrena en estas cualidades".

Fernández tiene como indudable inspiración política a Néstor Kirchner, también en el armado de su embrionaria y estrambótica agenda internacional. Kirchner selló, en el arranque de su gestión, una alianza transgresora, aunque redituable, con un Hugo Chávez en su época de oro. Entonces, el caudillo venezolano tenía un volumen político muy diferente a los deslucidos integrantes del Grupo Puebla y formaba parte de una ola regional. Hoy, sin embargo, el signo de América Latina es incierto: los uruguayos se encaminan a desplazar al Frente Amplio; en Brasil gobierna Bolsonaro; en Chile no se sabe bien quién gobierna, y Evo está asilado en México. ¿En qué pueden ayudar los devaluados Marco Enríquez Ominami o Fernando Lugo? "En nada -admite un albertista, que participa de las decisiones-, pero Puebla puede ofrecer un símbolo para la centroizquierda, en un momento en el que está redefiniendo su identidad y en un ciclo económico en el que nuestras commodities están en baja y no va a ser posible promover una redistribución del ingreso. Al menos en lo inmediato, no vamos a poder mejorarle la calidad de vida a la gente".

Un debate ideológico de fondo se está librando en el Frente de Todos por las retenciones al agro. ¿Ir a fondo o eliminarlas? El debate enfrenta a los gobernadores y senadores del PJ en cuyas provincias el campo es un resorte vital -el caso de Omar Perotti, pero también de Agustín Rossi, que, en esta tenida, juega en la misma liga- versus La Cámpora y los sectores más duros del kirchnerismo. El peronismo moderado reconoce lo que a Cristina tanto le costó admitir en 2008: ahorcar al campo, en tanto fábrica privilegiada de dólares -vital, además, en un país al que se le cerró el grifo de la financiación externa- es también matar a la gallina de los huevo de oro.

El dilema es: ¿cómo compensar el impacto fiscal de semejante medida? Algunos proyectos avanzados rondan en el albertismo: gravar fuerte los depósitos en dólares de los argentinos en el exterior (un 10% o más), expandir la base del pago de Bienes Personales y diseñar un impuesto para las grandes fortunas. Guillermo Nielsen, un economista que criticó a Macri por no haber hecho un ajuste de shock (es decir, que lo corrió por "derecha") y que es amigo de Milei, suena fuerte para ocupar el Ministerio de Hacienda. Una buena noticia para el frente externo, que busca señales de disciplina fiscal, pero una fuente de tensión en ciernes dentro del futuro oficialismo: la base electoral albertista sueña con todo lo contrario. Y ya paladea una fuerte expansión del gasto. El síndrome de la sábana corta acecha al nuevo príncipe peronista.

El advenimiento de un nuevo príncipe peronista, ¿entraña la configuración de una futura reina? ¿Será ese el lugar simbólico de la expresidenta, que alguna vez llegó a amigarse con su segundo nombre, Elisabet, porque era "nombre de reina"?
Por: Laura Di Marco
LA NACION


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