La última noche de Evo Morales en Bolivia, según difundió él mismo en Twitter.


Héctor Gambini
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Casi nada de lo que el cineasta británico imaginó -robots idénticos a los humanos y autos voladores que cruzan entre edificios altos como Aconcaguas- sucede hoy, salvo algunos guiños filosóficos -experimentos genéticos, destrucción del medioambiente, desintegración social- y otros artesanales: en algunos sitios hay ventiladores de techo y la primera vez que aparece Harrison Ford, el protagonista, está leyendo un diario de papel. Aún hay humanos que mantienen esa costumbre.

Pero este noviembre imaginado hace 40 años es más precario en este lado del mundo.

 

La película actualizada tiene de protagonista a Bolivia con un vacío de poder tras la caída de Evo Morales, renunciado después de un apriete del Ejército tras una ola de protestas por fuertes sospechas de manipulación de los resultados electorales que lo ponían ganando en primera vuelta tras un "apagón" informativo en pleno escrutinio. Y al Congreso argentino no discutiendo sobre bioética ni inteligencia artificial sino sobre si llamar "golpe de Estado" o "golpe institucional" a la caída de Evo. Ganó "golpe de Estado".

En esta película, el ahora ex presidente boliviano dejó una foto antes de partir hacia México. La foto de cómo pasó su última noche en Bolivia.

Allí está recostado en el piso, sobre una manta delgada, vestido, con los zapatos puestos, sin almohada y con la cabeza erguida, mirando el celular. Lo cubre una sábana colgante cuya función no se comprende bien -¿una carpa para protegerlo de los mosquitos?-, tendida entre sogas.

Si la foto es real, no parece que los protectores que le dieron cobijo en Cochabamba antes de abandonar el país lo quisieran mucho: ¿Qué modo de cuidarlo es hacerlo dormir en el suelo? ¿Nadie le cedió una cama, un colchón, una bolsa de dormir?

Si la foto es falsa y, digamos, Evo se recostó en el piso un instante sólo para posar allí y enseguida se fue a dormir a una cama, como corresponde, mentiría para victimizarse.

La gravedad de la crisis boliviana no parece ligera para la travesura de una foto falseada de marketing político en las redes que lime la credibilidad del ahora ex presidente en el exilio. ¿Para qué mentir tras una crisis desatada por las sospechas de otra mentira, la del resultado electoral?

Aunque de distinta índole, el gobierno argentino cometió otro error no forzado. Blandió durante 24 horas un decreto presidencial para pasar el cuidado de los testigos protegidos de la esfera del poder ejecutivo al judicial. Es decir, que los testigos que declararon en contra de ex funcionarios del gobierno anterior no queden ahora bajo la órbita de los comprometidos por sus testimonios o sus aliados políticos. Testigo en Peligro fue, casualmente, otra de las películas de Harrison Ford.

Los jueces pusieron el grito en el cielo: hicieron saber que ellos no tienen infraestructura ni presupuesto para ocuparse de un programa que hoy alcanza a unas 400 personas. Y el gobierno retrocedió: "Necesitamos más tiempo", dijeron antes de que Macri tomara la lapicera para la firma. ¿Tiempo? Le quedan 26 días hasta la entrega del poder.

Menos que un suspiro, si consideramos que en cuatro años no pudieron cambiar el Código Penal vigente, promulgado en 1921, que aún contempla penas para quienes se reten a duelo o les tiren piedras a los tranvías.

Una producción argentina mucho más antigua y aún más vigente en este noviembre que aquel film futurista de Scott.
CLARIN


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