La pobreza se ha instalado en el discurso electoral. UNICEF lanzó una campaña que describe el cuadro dramático entre niños y adolescentes. Y la necesidad de políticas no sólo de coyuntura. Las cifras describen un problema estructural profundo y persistente


Por Eduardo Aulicino

Las crisis, los ciclos de crisis cada vez más profundos, instalan el drama de la pobreza casi siempre con mirada política de coyuntura. La idea de “Pobreza cero” como horizonte de gestión macrista quedó destartalada por la pendiente de la economía, las escalada del dólar y los precios, y la creciente tensión de la deuda. La propuesta de “Argentina contra el hambre” aparece ahora como punteo de buenas intenciones del candidato Alberto Fernández, sin repaso alguno del pasado propio. En ningún caso asoma una lectura como problema crónico y agudo. Señal peligrosa: la cifra de pobreza se agrava en la crisis, pero tampoco se revierte sustancialmente en años de mejora económica. Es más que puro vaivén estadístico.

“La deuda es con la niñez”. Con ese título, UNICEF Argentina presentó ayer su campaña pública sobre los dramáticos niveles de pobreza entre chicos y adolescentes: llega a más del 50 por ciento en esa franja de edades. La consigna apunta sin vuelta al panorama de la campaña electoral y al ineludible cuadro de crisis, con la deuda y el ajuste como condicionantes que trascenderían las elecciones. Es un cuadro que se describe ante la sociedad, pero es a la vez un planteo directo a candidatos presidenciales, a jefes provinciales y a legisladores.

En definitiva, se trata de una apelación a la voluntad política y no sólo una lectura de la economía y de datos duros sobre la crisis. En la presentación del documento se destacó el problema estructural de la pobreza en niños y adolescentes, partiendo de la línea estadística sobre ingresos y con el agregado de una visión de otras dimensiones sociales. No estuvo dicho, pero la propia estadística refleja el mayor problema político.

Casi en el arranque del documento, en la tercera página, un gráfico describe el tránsito de la pobreza en los últimos treinta años, semestre por semestre. Siempre, claro, la línea de pobreza en chicos y adolescentes corre muy por encima del trazo de la pobreza general. Eso remite al impacto en la organización social básica pero lo significativo, como se verá, es la persistencia del núcleo de deterioro y las distintas velocidades de mejoras y picos alarmantes de los registros.

Vale tomar lo ocurrido desde la crisis de 2001 en adelante. La pobreza general roza el 60 por ciento (se ubica por encima del 70 en la franja etaria referida) en 2002/2003 y llega a reducirse a cerca de 25 y algo menos de 40 puntos porcentuales, respectivamente, después de casi diez años de muy buenos números de la economía. El nuevo cuadro recesivo e inflacionario vuelve a mostrar su contracara de pobreza a partir de 2012/2013. Los números oficiales desaparecen con la destrucción del INDEC, pero se estima que al final de 2015, al concluir la era kirchnerista, la cifra general se ubica entre los 27 y 30 puntos.

Esos números dicen al menos dos cosas. La primera indicaría que la pobreza –medida siempre por ingresos- decrece a ritmos más lentos que los registros de mejora económica una vez superados los picos de crisis. Al revés, la cifra de pobreza tiende a dispararse rápidamente en etapas críticas. En segundo lugar, aparece como un dato duro y muy alto el núcleo de la pobreza estructural, calculada actualmente por expertos en no menos del 25 por ciento. La proyección estadística a partir del año 2000 lo confirma. No ha bajado nunca de esos niveles. Es más, hace casi veinticinco años que no desciende del escalón del 20 por ciento. Esto último asoma incontrastable, más allá de que puedan ser discutidos los ritmos de las bajas y los picos ominosos.

En menos años, la gestión macrista también exhibe el mismo fenómeno. El actual gobierno, semestre por semestre, anotó 32 y 30 puntos de pobreza general en 2016. La leve mejora de 2017 llevó el registro a alrededor de 28 y 26. Pero la situación empeoró dramáticamente en la segunda mitad de 2018 y sobre todo este año: en lo seis meses iniciales superó el 35 por ciento –más del 50 en niños y adolescentes- y todo indica un peor panorama para el segundo semestre.

Los números exponen una cuestión de fondo: la necesidad de mayor y sostenida voluntad política para enfrentar el desafío. Es decir, para actuar al menos con rapidez en períodos más críticos y trabajar en continuado sobre el consolidado problema estructural, persistente aun en etapas de mejora de la economía.

El trabajo de UNICEF describe el alcance más global de la pobreza entre chicos y adolescentes tomando distintos rubros básicos: protección social, primera infancia, educación, salud, alimentación y justicia, entre los principales. En las distintas exposiciones, quedó en claro que debería existir un compromiso político extendido -nacional y provincial, ejecutivo y legislativo, en esta coyuntura y a futuro- y que una mejora sustancial y sostenida requiere un crecimiento económico medido en no menos de una década, aunque demanda siempre sentido político y gestión concreta –empezando por la discusión presupuestaria- para enfrentar la actual coyuntura y un horizonte complicado.

La referencia a la “deuda” tiene más de un sentido, para todos.
INFOBAE


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