El presidente de editorial Perfil recuerda cuando era director de Noticias y visitó al ex presidente a quien la revista había criticado duramente desde el principio de su gobierno.

Por Gustavo González
El gobierno de la Alianza se desgajó rápidamente y terminó acorralado por sus propias incapacidades. El 20 de diciembre del 2001, De la Rúa dejaba el poder en helicóptero. En la Plaza de Mayo y otros lugares del país quedaron 32 muertos.

A mediados de 2009, fui a ver al ya ex Presidente a su estudio de abogado en el barrio de Tribunales. Lo iba a invitar a la celebración de los 20 años de la revista Noticias que tendría lugar en el Congreso de la Nación en noviembre de ese año.

La revista le quería entregar un reconocimiento por ser uno de los ex presidentes que gobernó a la Argentina en democracia, del mismo modo que lo iba a hacer con todos los ex presidentes y ex vicepresidentes que estuvieran vivos, de Isabel Martínez de Perón a Néstor Kirchner.

Había hablado con él por teléfono en dos oportunidades para anticiparle el tema. Cuando corté la primera llamada, me quedó la sensación de que creyó que se trataba de una broma. La segunda vez, le pedí ir a verlo para explicarle bien en qué consistía el acto al que lo invitaba.

No se me ocurría cómo iría a reaccionar frente al director de la revista que lo había puesto en la tapa durmiendo la siesta en pijama y que había sido tan dura con su gobierno.

Me recibió con un suave apretón de manos y sin sonrisa. Me invitó a sentarme. Lo veía tenso, no sabía si era porque al día siguiente tenía que declarar en el juicio que se le seguía por las muertes previas a su caída durante la represión policial. O si era yo el culpable de su malestar.

Durante los tres minutos siguientes le conté sobre el acto en el Congreso para homenajear a los ex mandatarios y a otras personalidades que habían cumplido roles importantes en la recuperación de la democracia. «Homenaje no es una palabra que me gusta, yo no recibo homenajes», atinó como primera reacción y supuse que la respuesta final iba a ser que no concurriría al acto y que ésa era su forma de poner los primeros reparos. Le dije que no había problemas, que en lugar de «Homenaje» podríamos llamar a la distinción «Reconocimiento a la Democracia». Me respondió que entonces estaba bien y se preocupó en que la revista no dejara de entregarle también una plaqueta a Adolfo Rodríguez Saá, el presidente que lo sucediera en el cargo por apenas una semana. «Es que su presidencia, por más corta que fuere, fue la demostración de que las instituciones funcionaron adecuadamente y que se mantuvo la continuidad prevista por la Constitución.»

Le prometí que así se haría. Tras confirmarme que estaría presente el día en que se celebraría el vigésimo aniversario de Noticias, y cuando yo creía que el encuentro ya estaba llegando a su fin, tomó la palabra.

A partir de allí, y por varios minutos, hizo un repaso pormenorizado de cada una de las tapas que lo tuvo como protagonista. No se olvidó de ninguna. Al final, sin levantar la voz pero con tono firme, el ex Presidente me miró a los ojos y dijo: «Mire, González, la revista me ha pegado mucho a mí y a mi gobierno, pero lo que más me molestaba eran las notas en las que se metían con personas de mi familia que no tenían nada que ver con la función pública. Además debo decirle que, en general, las denuncias eran falsas. No, no me gustaban para nada las tapas que ustedes hacían. Pero eso no es lo importante. Lo importante no es si yo estaba más o menos de acuerdo o más o menos molesto. Lo importante es que ustedes lo pudieran decir y publicar. Si ustedes quieren que sus notas no le gusten al poder, debo decirle que lo logran. Yo me quedo con la tranquilidad de que tuvieron la mayor libertad de prensa para expresarse, que durante mi gobierno jamás sufrieron restricciones ni discriminación. Sí apreciaba y aprecio muchísimo las notas de James Neilson. Me gustaba leerlas porque siempre tenían una enseñanza, había sensatez, eran medulares, había consejos que incluso seguí en algunas ocasiones, tengo un gran respeto por él como periodista. Eso le quería decir y le reitero que iré al acto de la revista».

El círculo volvía a cerrarse. El político que antes de asumir sentía admiración por la revista, la terminaría odiando al llegar al poder (De la Rúa la calificó de «bazofia»). Sin embargo, como sucedería con otros antes que él y volvería a ocurrir después, cuando los dirigentes regresaban al llano lograban reconciliarse, con cierto dolor pero con respeto, con esa forma de hacer periodismo. «Ustedes son como el mosquito o la avispa que molestan, persiguen y denuncian», sintetizó esa tarde el ex Presidente en sus oficinas de abogado antes de regalarme su libro autobiográfico y despedirme con una sonrisa y un fuerte apretón de manos.

En medio de un kirchnerismo que por aquellos años nos castigaba a diario, la voz de Fernando de la Rúa parecía una lección de responsabilidad institucional y sonaba especialmente razonable y equilibrada.

No quise preguntarle a cuáles «denuncias falsas» se refería ni recordarle que abogados de su familia habían avanzado seriamente con la posibilidad de realizarle un juicio a la revista, aunque nunca llegaron a concretarlo.

Su gobierno fue lo que fue y Noticias se dedicó a señalarlo desde el primer día, como hace siempre, pero ese día de 2009 vi a un ex presidente sensato y profundo. Cumpliría luego en ir a aquel aniversario de Noticias y lo seguí viendo en cada celebración de esta revista o de Perfil.

Estoy seguro de que nunca se olvidó de nuestras tapas, pero nos las devolvió con un respeto que no tuvieron otros presidentes.
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