De Miami al Congreso, esa vocación argentina por dar vergüenza ajena - Silvia Fesquet

Cinco detenidos por robar ropa y valijas en el Dolphin Mall, una legisladora que fue con un cerrajero a ocupar un despacho en el Senado, diputados que saltan de partido sin disimulo, y más.

El académico, habitante de Nueva York, escuchó por enésima vez el comentario y sin salir de su asombro, soltó: “A todos les llama la atención lo mismo: que los diarios estén en una caja de vidrio, la gente pague por el suyo y se lleve sólo ese ejemplar. Me preguntan cómo puede ser que a nadie se le ocurra romper el cristal, sacar todos los diarios y después salir a venderlos”. Cuando el hombre hablaba de “todos” se refería a argentinos: nadie de otro origen había planteado una inquietud semejante.

Argentinidad al palo, esa curiosamente bien reputada o mal entendida viveza criolla, o una inveterada costumbre por dar vergüenza ajena. Sea cual fuere la definición que se elija, varias de sus manifestaciones se pusieron en evidencia en los últimos días. Cinco argentinos fueron noticia la semana pasada por robarse valijas y ropa del Dolphin Mall, uno de los shoppings más conocidos de Miami. Fueron detenidos, tuvieron que pagar una fianza mucho mayor al valor de lo que habían robado, estimado en unos US$ 2.000, y se les abrió una causa. “En Dolphin Mall tenemos tolerancia cero a la criminalidad”, advirtió un portavoz policial.

Empresarios de distinta envergadura, ¿por qué hicieron lo que hicieron? ¿Una “avivada”, una “ranada”, una “gracia” sin gracia para contarles a los amigos, exhibiendo después el botín, en medio de un asado; una broma de adolescentes perpetrada por hombres maduros, como dijo algún allegado? Todo, y nada de eso: se trata, lisa y llanamente, de un delito. En un país donde el que las hace, las paga.

La embajada de Estados Unidos no perdió el tiempo: con una imagen de cinco hombres tras las rejas en sus mamelucos naranja, planteó: “¿Te parece divertido robar en Miami? Podrías ir a la cárcel y perder tu visa”.

Mientras esto sucedía en el estado de Florida, por acá el Congreso de la Nación daba la bienvenida y tomaba juramento a sus nuevos integrantes. Más allá de las curiosas, y discutibles, fórmulas que muchos usaron para lo que debería ser básicamente un compromiso con la Constitución y la Patria,-además de Dios y los Santos Evangelios para quienes lo deseen; en definitiva los que estarían en condiciones de demandarlos, en este plano o en otro, por su desempeño-, una buena porción de los flamantes legisladores se olvidó de un dato fundamental: el compromiso con aquellos que les permitieron llegar a su banca, es decir, los votantes. Hombres y mujeres que depositaron su voto eligiendo a sus representantes, los que sin ponerse colorados, sin mosquearse y, sobre todo, sin dar explicaciones a los auténticos dueños del sufragio, saltaron alegremente de un partido a otro, en un caso de verdadera estafa electoral.

No fueron los únicos papelones de los que fue testigo el Congreso: la pelea por los despachos alcanzó su punto culminante con la senadora kirchnerista por Tierra del Fuego, Cristina López.

Decidida a quedarse con la oficina que pretendía, la mujer fue con su marido y un cerrajero, lo que derivó en escenas de gritos y enfrentamiento con el personal de seguridad, y en posteriores denuncias de la legisladora por “lesiones” y “manoseo”.

Como se comentó en este mismo espacio la semana pasada, un anexo de la Cámara de Diputados fue testigo de una jornada antivacunas organizada por la diputada del PRO Marilú Quiroz - de la que el partido salió después a despegarse- donde se presentó a un hombre con el torso desnudo, que supuestamente atraía objetos a su cuerpo por las sustancias inoculadas con la vacuna del Covid. Un show irresponsable, por decir lo menos.

En San José 1111, la ex presidenta Cristina Kirchner dice que se aburre, e insiste con sus peticiones a la Justicia: habrá que recordarle una vez más que no está de licencia sino presa, condenada por corrupción.

“Ni buenos ni malos; incorregibles”, decía Borges de los peronistas. Para ser justos, tal vez el alcance sea bastante más amplio, y mucho más incluyente.

Fuente: Clarín