El valor de la resiliencia en tiempos difíciles - Norma Morandini
En diálogo con Charlotte Casiraghi y Leopoldo Kulesz, el neuropsiquiatra Boris Cyrulnik da una lección de vida
Una conversación de tres, dos franceses y un argentino. En el centro, Boris Cyrulnik, neurólogo y psiquiatra, el padre de la resiliencia, la capacidad de renacer del sufrimiento; a su lado, Charlotte Casiraghi, hija de Carolina de Mónaco, cuyo origen distrae de su perfil intelectual. Formada en filosofía en la Sorbonne, promueve encuentros de pensadores en torno a temas actuales. En este caso, la crueldad y el desamor en la infancia. El tercero en cuestión es Leopoldo Kulesz, argentino, promotor del encuentro. Director de la editorial El Zorzal, formado y reconocido en Francia, Kulesz tradujo al castellano y convirtió en libro el diálogo entre Cyrulnik y Casiraghi. Los tres vinieron a Madrid a presentar ese libro, Infancia y violencia, en el Instituto Francés.
En una conversación previa con Cyrulnik y su joven interlocutora, pregunté a Charlotte sobre las mujeres en la filosofía y recibí una revelación sorprendente: “En Francia no existen estudios filosóficos sobre Simone de Beauvoir -contó-. Hasta no hace mucho había obstáculos para que las mujeres pudieran pasar la agregación, un examen muy importante en Francia para ser profesor de filosofía. Simone de Beauvoir lo obtuvo en 1930, y sin embargo no hay cursos dedicados a su pensamiento. La expresión intelectual era un territorio reservado a los varones, y las mujeres lo hacían de contrabando, como en las cartas entre Descartes y la princesa Elisabeth”. Charlotte, sin ser princesa, aunque nació en un principado, ya no necesita, como la princesa alemana Elisabeth de Bohemia en el siglo XVII, “contrabandear” su actividad intelectual. Ha creado los Encuentros filosóficos de Mónaco, donde dialoga con los mejores pensadores de su época, como es el caso de Cyrulnik. Sus preguntas reflejan su preocupación por la fragilidad de la infancia y la indiferencia adulta. “¿Por qué la angustia y el dolor de los niños maltratados no suscitan una preocupación colectiva y constante, no constituye una causa política y social de primer orden?“, interroga.
Cyrulnik, de 88 años, es el verdadero resiliente. Escondido por su maestra en la sinagoga de Burdeos después de que sus padres fueron deportados al campo de Auschwitz en 1944, intuyó el peligro, trepó por los travesaños y se escondió en el techo del baño. Cuando el silencio cubrió el lugar salió del escondite. Estaba solo. Un trauma de infancia que impulsó una vida dedicada a entender la condición humana. ”Solo los seres humanos son violentos en el sentido de que pueden desear que otra persona desaparezca. Es muy difícil que un animal quiera matarte por no pensar como él”, advierte. Kulesz, que lo conoce bien y lo admira, señala que no hay en él una pizca de odio. A lo que el neuropsiquiatra agrega: “Se podría decir, puesto que han matado a tu familia y te han quitado tu infancia, que tienes que odiar a los que te hicieron eso. Pero yo nunca he sentido una brizna de odio al revés. Creo que he podido protegerme gracias a una palabra: entender. Tenía la necesidad vital de comprender. Si me hubiese vengado, habría repetido el mismo proceso de los nazis. Mientras que entender era un grado de libertad. Y aquí cito a Hannah Arendt, a la que he frecuentado mucho estos últimos tiempos. Ella dice que tenemos un grado de libertad interior y por eso debemos dudar”.
Antes ha explicado que la palabra resiliencia proviene del latín, y fue empleada por primera vez por los campesinos, que decían que un suelo es resiliente cuando, tras un incendio o una inundación, la vida renace. En este sentido, Cyrulnik hizo de su vida lo opuesto a lo que recibió. No solo trató de entender la condición humana, sino que sus libros, sus investigaciones, su prédica, están dedicada a los niños traumatizados, ya por las guerras o por el abandono afectivo.

Cyrulnik recuerda que hoy en día hay sesenta guerras en el planeta. “Si nosotros dejamos de prestarle importancia a eso, volvemos a la ley del más fuerte, y habrá trescientas mil guerras más en el planeta. Escuchamos sobre los dos conflictos que nos interesan, sobre Gaza y Ucrania, porque estas guerras son entre nosotros, pero hay cincuenta y ocho guerras más de las que prácticamente no se habla”.
La pregunta de Kulesz se impone: ¿por qué, tras un trauma, algunos se resienten, odian y otros transforman las lágrimas y hacen de ese triunfo un sentido de vida? Cyrulnik supone que, antes de la rotura, algunos adquirieron recursos de protección. “Un bebe con diez meses, antes de la palabra, es capaz de sentirse seguro y puede tener una forma diferente de soportar la ausencia de la madre. Responden a la mirada, responden a la sonrisa. Son niños fáciles de amar y educar. En un país en paz, esto alcanza al 70% de la población. Pero en las guerras modernas las principales víctimas son los niños. No comprenden, no saben cómo protegerse. El número más grande de víctimas en las guerras actuales son mujeres y niños. No hace mucho, había campos de batalla. Había oficiales, soldados. Hoy los drones, si están programados para disparar contra un objeto caliente, disparan. Pueden ser bebes o niños. No hay empatía. No hay bandera blanca con un dron”.
Charlotte asiente. Es probable que muchas de las mujeres que llenan el auditorio hayan acudido más por curiosidad hacia la joven condenada a las páginas del corazón, que describen hasta el color de su pintura de uñas o el traje que viste. Sin embargo, allí importa menos su origen monegasco que su compromiso de promover el pensamiento crítico y su misma función social. “Desde hace diez años, con los encuentros filosóficos de Mónaco hemos llevado programas a las escuelas con formación a profesores, para que la práctica de la filosofía se integre en las clases. Es extraordinario ver cómo se puede abrir otro espacio para niños que tal vez eran muy silenciosos, que parecían no adaptarse y que con esos intercambios en grupo revelaron fragilidades que no habíamos sabido ver. Esto abrió un espacio de diálogo que permite descentrarse de uno mismo, de las propias dificultades y prejuicios para entrar en una aventura colectiva”, explica.
En el libro ha indagado al neurosiquiatra sobre “el mundo de las máquinas”. Maravillado por un zoom reciente que le permitió hablar “con cinco mil argentinos”, Cyrulnik destaca que no podemos renunciar a la comodidad de las máquinas. La civilización ha creado los “artificios” de las herramientas y la palabra. “No hay progreso sin efectos secundarios”. En este caso, dice, son “la soledad y la desconexión”. Advierte que si un niño o un adolescente pasa más de tres horas al día frente a una pantalla, su empatía se deteriora. “Es la fabricación de perversos, les importa un bledo la persona que tienen al lado”. Toma prestada la definición de Gilles Deleuze, que dice que un perverso es alguien que vive en un mundo sin otro, sin alteridad. “Los jóvenes de hoy tienen sus cerebros moldeados por máquinas. Cuando la tecnología no cuenta lo real, cuando la palabra no cuenta lo real, aparecen siempre los mismos chivos expiatorios: los inmigrantes, los judíos y las brujas”, dice.
Sin embargo, Boris Cyrulnik nunca es derrotista. Todo su pensamiento es resiliente. A los condicionantes biológicos contrapone la cultura, la reeducación de los varones violentos por traumas de violencia. No le falta la ironía. “Menos mal que sufrimos, porque así estamos obligados a buscar soluciones”. Para él, “las redes sociales son maravillas técnicas, pero nuestra sociedad se caracteriza por la polarización y cuando una sociedad se divide en clanes reina la confusión y no hay tranquilidad. Llega entonces un salvador que nos dice de dónde viene el mal. Y es así como la mayoría de los dictadores son elegidos democráticamente”. Sabe que necesitamos de la precisión de las palabras: “Lo que mal se nombra agrega más mal al mundo”.
Charlotte destaca la violencia que hay en el rechazo a la fragilidad. “De hecho, lo que es frágil hay que manipularlo con delicadeza, exige de tiempo y paciencia. Pero hoy estamos enfocados en el rendimiento, queremos llegar primeros en la carrera, a riesgo de ser aplastados”. También reclama más atención al sentido de las palabras para desarrollar un pensamiento crítico que ayude a los jóvenes a salir de la trampa de las redes.
El anciano sabio y su joven interlocutora apuestan a la capacidad creadora del ser humano, capaz de movilizar fuerzas vitales para convertir las lágrimas en belleza y amor. Concluye Boris: “La curación no es más que la posibilidad de poner en movimiento la vida que está paralizada. Estamos obligados a la búsqueda de la verdad. Estamos obligados a la creatividad, y como tenemos conciencia de la muerte, estamos obligados a la solidaridad, a construir un orden social para no estar solos. Por suerte, el amor nos permite hacer cultura. La vida continúa porque es inmortal, porque el movimiento es inmortal. Es decir, tenemos la oportunidad de que si morimos es porque tuvimos la oportunidad de vivir”.
Por Norma Morandini
Fuente: La Nacion














