Martes 23 de Julio de 2024
HACER CLIC AQUÍ

Grieta y pobreza: para quién fue el mensaje de la Iglesia frente a Milei en el tedeum

 

  • El arzobispo de Buenos Aires volvió a advertir que la continuidad de las peleas políticas agravará la situación del país.
  • Si bien su mensaje apuntó a todos los dirigentes conllevó el anhelo de que el Presidente sea menos confrontativo.

Sergio Rubin

Sergio
Rubin

Como el juego de Antón Pirulero, en el que cada participante parece atender su juego, la dirigencia política -más allá de honrosas excepciones- hace su juego e ignora el mensaje antigrieta que la Iglesia viene pronunciando en cada celebración patria desde la crisis de 2001. Este último tedeum por el 9 de Julio no fue la excepción. El portavoz eclesiástico fue esta vez Jorge García Cuerva, el segundo sucesor del actual Papa Francisco en el arzobispado de Buenos Aires. Y como en el anterior oficio religioso por el 25 de Mayo, aunque de un modo aún más descarnado, advirtió que la continuidad de las peleas puede profundizar el ya grave deterioro del país en vez de revertirlo.

“Señor Jesús, muchos argentinos están haciendo un esfuerzo enorme, un esfuerzo que conmueve, un esfuerzo esperanzador. No permitas que lo cascoteemos con intereses mezquinos, con la voracidad del poder por el poder mismo, con conductas reprochables que sólo demuestran que a muchos les falta el termómetro social de saber lo que viven los argentinos de a pie. No hipotequemos el futuro”, rogó en su homilía el arzobispo apelando más a lo divino que a lo humano después de tanto desengaño con una dirigencia -no sólo política- que no para de descalificarse sin asumir la parte de culpa que tiene ante los desaciertos de las últimas décadas.

García Cuerva lo señala: “Demasiadas cosas ya hicimos mal en el pasado como para que nadie se haga cargo, aunque el resultado es que en la Argentina seis de cada diez chicos son pobres; niños con hambre revolviendo la basura, chicos no escolarizados o con una instrucción demasiado básica, no pudiendo leer de corrido o interpretar un texto”.

Su afirmación conlleva la pregunta obligada: ¿Qué más hace falta para que la dirigencia reaccione y baje el nivel de confrontación, más allá del legítimo debate -a veces fuerte- en democracia? ¿Por qué es imposible alcanzar ciertos niveles de convivencia política como hay en nuestro vecino Uruguay?

La insistencia del arzobispo con su prédica antigrieta pone de manifiesto una comprensible dosis de impotencia. “Debemos insistir una y mil veces en forjar la unidad entre los argentinos, más allá de nuestras diferencias, porque para la cultura del encuentro no hay límites; nadie es prescindible, nadie es descartable”, dijo. Y completó: “Necesitamos aprender a reencontrarnos y reconocer que somos una comunidad; dejar de lado personalismos y generar consensos y acuerdos que permitan a la creatividad y audacia abrir nuevos caminos. Es urgente entender que nos necesitamos, que somos hermanos, hijos de la misma patria”.

Haciendo un paralelismo con la independencia del país, dijo que “debemos independizarnos de todo prejuicio y rechazo del otro por pensar distinto, independizarnos del odio que nos enferma y carcome desde las entrañas, independizarnos de la corrupción, del ventajoso, de los privilegios de algunos a costa de la indigencia de muchos porque algo no está bien cuando tenemos dirigentes muy ricos y un pueblo trabajador pobre”. Y advirtió que si los congresales de 1816 hubiesen insistido en sus diferencias, “todavía estarían discutiendo en la Casa de Tucumán”, aunque tal vez sin el nivel de las actuales descalificaciones.

En el inicio de su homilía, Garcia Cuerva dijo que le hablaba a “todos los actores de la sociedad argentina”. Pero, indudablemente, hay niveles de responsabilidad. La grieta tal como la conocemos hoy fue iniciada por el entonces presidente Néstor Kirchner y continuada en mayor o menor medida por todos los gobiernos. Dirigentes de todos los sectores abrazaron discursos belicosos en estos años, incluso algunos que se dicen inspirados en el Papa Francisco. Aunque también -todo hay que decirlo- no faltaron personalidades e instituciones llamando al diálogo y la búsqueda de consensos.

El actual presidente de la Nación se muestra con frecuencia muy confrontativo. Por eso, como el ejemplo comienza de arriba hacia abajo, en la Iglesia anhelan que se muestre más conciliador. Lo cual no significa ser condescendiente con la corrupción. ¿La firma del Pacto de Mayo fue un paso en esa dirección? Al fin de cuentas, siendo el primer mandatario más religioso desde la vuelta a la democracia, debería ejercitar una de las premisas básicas de toda religión: la fraternidad.

 

Fuente: Clarin

Compartir esta nota: