Viernes 21 de Junio de 2024
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La nueva historia de Marcelo Birmajer: Por un puñado de dólares

Felipe Sapag, según Juan Manuel Abal Medina, le ofreció 4 millones de dólares a Perón para que no regresara desde Madrid.

Marcelo Birmajer

Marcelo Birmajer

En su libro Conocer a Perón, recientemente publicado, Juan Manuel Abal Medina narra la siguiente escena: circa 1972, Felipe Sapag, el caudillo neuquino, le ofrece a Perón, en Puerta de Hierro, en su exilio madrileño, cuatro millones de dólares para que no regrese a la Argentina. Según Abal Medina, Sapag es el intermediario del mandatario militar de facto de Argentina, Agustín Lanusse.

Perón le hace firmar a Sapag cada una de las páginas del acuerdo, detalla Abal Medina. No aclara si Sapag le entrega o no a Perón los cuatro millones de dólares. Dejo para el lector el cálculo de cuánto representarían hoy esos cuatro millones de dólares de 1972.

Apenas 3 años después, la serie televisiva que aquí conocimos como El hombre nuclear, se titulaba originalmenteThe Six Millon Dollar Man: el costo de reconstruir al accidentado astronauta Steve Austin.

Definitivamente Perón no fue el hombre de los 4 millones de dólares; al menos, no impidieron su regreso a la Argentina. Ni siquiera ocuparon un lugar relevante en su historia registrada. Porque, habiendo leído decenas de libros al respecto, nunca antes me había encontrado con este incidente. Al googlearlo, descubro que la hija de Felipe Sapag, Silvia Sapag, lo desmiente. Su padre, asevera, nunca se reunió con Perón en Madrid, ni en ninguna entrevista directa.

En una edición del Diario de Río Negro de este marzo se informa que Abal Medina le pidió disculpas a Silvia Sapag y “se comprometió a subsanar el error”. La acusación contra Felipe Sapag, en el libro, no se limita a la descripción del suceso de Puerta de Hierro: en por lo menos dos ocasiones más, Abal Medina reitera que Perón excluye a Sapag de las listas peronistas por ese intento de soborno.

El error a subsanar es profuso. Siempre me llamaron la atención las personas dispuestas a “dar la vida por la patria”, pero no a sostener o desmentir una especie. Como cuando Firmenich, en el reportaje realizado por Llamas de Madariaga en los '90, lo negó todo: desde su participación en el secuestro de los Born, hasta otros varios de los más sanguinarios crímenes que comandó.

Ambos hijos varones de Felipe Sapag, Ricardo y Enrique, mueren violentamente como integrantes de Montoneros en 1977, con tres meses de diferencia. Según la nota de Anguita y Cecchini en Infobae del 2021: Ricardo fue señalado por otro integrante, cautivo, de Montoneros, desde un auto, y “Allí pasó el auto, tenían el dato y Ricardo fue señalado. Lo mataron”.

Mientras que Enrique, a punto de salir del país tras que Felipe Sapag (ahora sí en Madrid, confirmado por la propia Silvia Sapag) le pide a Firmenich que le dé la orden de exiliarse, para salvarlo, elige participar del apoyo montonero a una huelga ferroviaria, el 17 de octubre de 1977 y, repiten los autores en la nota de Infobae, “en esa actividad de apoyo a un conflicto ferroviario lo habían matado”.

En el inverosímil territorio de la realidad, reflexiono sobre la tesis de Héctor Ricardo Leis, montonero arrepentido, ya fallecido, sobre que el enfrentamiento entre las guerrillas y los militares en la Argentina fue en parte un conflicto sangriento intra familiar. No como el de los Montesco contra los Capuleto, o los Corleone contra los Tattaglia, sino dentro de las familias Alsogaray o Guzzetti, Astiz o Camps, había parientes de uno y otro bando, que se mataban entre sí, y que no se salvaban la vida, como intentó Sapag con su hijo Enrique.

Daban la orden: de uno y otro bando, de matar al pariente. También, en el caso de Montoneros, de usar las más íntimas relaciones amistosas para asesinar dentro de la familia del “enemigo”, como cuando utilizaron a la terrorista “amiga” de la hija del jefe de la Policía Federal, Cardozo, para ponerle una bomba debajo de la cama, en junio de 1976.

Felipe Sapag, según Abal Medina, le ofrece 4 millones de dólares a Perón para que no regrese y, en el otro extremo de la parábola narrativa y familiar, real, con sus disquisiciones, los hijos de Felipe Sapag dan la vida por Perón, que ya estaba muerto, que no regresaría ni aunque ellos murieran. Porque todo empezó, el asesinato de Aramburu en 1970, por dar la vida, y asesinar con vesania, por Perón, que a partir de 1973 los desautorizó, los mató y los expulsó, en ese orden; pero siguieron dando la vida por Perón, lo que quiera que eso signifique. Y asesinando con vesania.

Acá quiero interrumpir este horrible repaso por la realidad -que como hemos visto, tiene sus disquisiciones, repito adrede el término, desmentidas, disculpas, descripciones borrosas (“lo mataron” “lo habían matado”)-, y pasar a la ficción, también con un maletín repleto de dólares, o como dice Sergio Leone en su fundación de los spaghetti western, Por un puñado de dólares (1963).

Aunque en mi película favorita, también de Leone, Érase una vez en América (1985), es un maletín repleto de un millón de dólares: Robert De Niro, Noodles, va a buscarlo a la consigna de la estación de tren, ese millón de dólares que recaudaron a lo largo de los años de la Ley Seca- junto a sus cómplices, Max, Patsy, Cockeye, a los cuales acaba de ver muertos, incinerados-, y está vacío. Quiero seguir ese reguero de dólares ensangrentados, que se acumulan a través del contrabando, asesinatos, secuestros, sobornos, y reencontrar a los personajes con el maletín vacío.

Pero 30 años después, cuando Noodles regresa a la misma estación de tren, al mismo locker/consigna ferroviaria, el millón de dólares ha regresado también al maletín. Aunque no luche, vuelve. (Cuando el gordo Moe le pregunta qué ha hecho en esos últimos 30 años, Noodles responde: “Irme a la cama temprano”).

El año pasado, en esta misma sección Se me hace cuento, comparto un suceso de mi viaje a Corea de 2006 (realmente viajé a Seúl, Corea, en 2006, a presentar mi libro Historias de hombres casados en coreano): me llega un mail en el que me ofrecen dirigir un periódico que será exclusivamente escrito por muertos. Publico ese relato, La voz de los muertos, en dos partes. Esta columna también tendrá dos partes.

En la historia de mi viaje real a Corea en 2006, mi interlocutor desde el mundo de los muertos me indica que debo concurrir al paralelo 38, la división bélica entre las dos Coreas, Seúl y Pionyang, y recibir un maletín repleto de dólares para financiar el periódico en Buenos Aires (el diario La voz de los muertos tendrá sede porteña, claro).

Por entonces, yo desconozco el episodio de la oferta de Felipe Sapag a Perón descripto por Abal Medina en su libro con el sugerente título Conocer a Perón (nunca termino de conocerlo), y desconozco otro episodio, que me hace llegar el doctor en Ciencias Políticas Pablo Anzaldi: en un testimonio que brinda el integrante de una organización armada maoísta de los años '70 en Argentina, en el juicio que se sigue a los sospechosos de apremios ilegales en el centro de detención clandestino La Perla, el testigo declara que “el PCLM[1] recibía ayuda financiera de China”, circa entre 1973 y 1975 (con Mao en el poder).

Según sus torturadores, que quieren saber dónde está el botín, entra al país un maletín, proveniente de la China maoísta, con tres millones de dólares. De modo que cuando yo escribo La voz de los muertos I y II, evocando una viñeta totalmente incomprobable, ignoro que efectivamente, desde la China maoísta, circa 1973/75, entró al país un maletín con tres millones de dólares, no para financiar un diario escrito por muertos, sino para matar personas, para llevar a cabo la guerra popular prolongada, con los campesinos y los obreros, y perpetrar la revolución maoísta en la Argentina, comenzando por la provincia de Córdoba. Y aquí dejamos, y seguimos la semana que viene.

 POS

 

Fuente: Clarin

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