Martes 07 de Febrero de 2023
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Después de Cristina, también Alberto Fernández quiere mirarse en el espejo de Lula

El presidente argentino navega en la contradicción constante. Muchas veces lindante con lo absurdo.

Eduardo van der Kooy

Eduardo van der Kooy

Alberto Fernández se despidió de la presidencia de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC) con un mensaje que exhibió dos características. Su inmutabilidad para navegar públicamente la contradicción constante. Muchas veces lindante con el absurdo. Describió en ese recorrido, además, la situación de una región que no sabe de qué manera acomodarse a los cambios e incertidumbres mundiales que derivan de la larga guerra que Rusia desató en Ucrania.

Vale detenerse en las perlas. El mandatario advirtió en tono dramático que “la democracia definitivamente está en peligro”. ¿Acaso no tiene razón? El problema es que dicho llamamiento fue formulado al mismo tiempo que ejerció la defensa de los regímenes de Cuba, Venezuela y Nicaragua. Intragable para Gabriel Boric, de Chile, y Luis Lacalle Pou, de Uruguay. Para justificarse, Alberto desarrolló una parrafada demasiado vulnerable. “Todos los que están aquí –sostuvo–​ han sido elegidos por sus pueblos y sus pueblos los legitiman como gobernantes. Por lo tanto, más allá de cómo cada pueblo decida, en la diversidad debemos respetarnos y en la diversidad debemos crecer juntos”.

La invocación a semejante pluralismo sonó engañosa. El gobierno de Alberto, quizá por la influencia que le impone el kirchnerismo, afinca su política internacional vecina a La Habana, Caracas y Managua. Algo más distante de Santiago de Chile y Bogotá. Interesada recién ahora por la violenta crisis institucional en Perú, luego del autogolpe de Pedro Castillo y su posterior destitución. Regada de conflictos con Uruguay y Ecuador. Casi ajena a Paraguay.

Su cercanía política y geográfica es en este tiempo con Brasil, desde que Lula regresó en enero al Planalto, y con Bolivia ni bien Evo Morales hizo ganar en las urnas al presidente Luis Arce. En ambos casos hay situaciones por subrayar que enjuiciarían aquel trazo conceptual de Alberto.

La Argentina desconoció a Brasil, su principal socio comercial, durante los tres años que la administración kirchnerista debió convivir con Jair Bolsonaro. El ex mandatario fue votado en su origen, como arguyó el Presidente para justificar otros regímenes que no son democráticos. No hay duda que Bolsonaro tuvo un comportamiento fascistoide que incubó el intento golpista del mes pasado cuando miles de ciudadanos intentaron avasallar el Planalto, el Congreso y la sede del Poder Judicial en Brasilia. Podría decirse que Bolsonaro fue deslegitimando su origen en la gestión. Pero ¿cómo explicar entonces que en el balotaje que perdió ante Lula obtuvo un millón de votos más que en 2018? Tal vez habría que repensar, buscando argumentos sustanciosos, aquella frase que reza “vox populi, vox dei”. Voz del pueblo, voz de Dios.

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El caso Bolivia​

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Otro caso llamativo se produce en el vínculo con Bolivia. El Gobierno condenó el intento de golpe en 2019 que concluyó con la renuncia de Evo y una turbulenta transición que terminó con Arce en la presidencia. La Cancillería mantuvo silencio cuando el 28 de diciembre, en medio de protestas y fuerte represión, el gobernador de Santa Cruz de la Sierra y dirigente opositor, el derechista Luis Fernando Camacho, fue detenido sin respeto por sus fueros.

Lula y Evo resultaron los socios públicos elegidos por Alberto para mostrarse en la cumbre de la CELAC. Tal vez la ausencia de Nicolás Maduro haya terminado resultando un alivio para el Presidente. Nada de las manifestaciones de protesta previstas que también le hubieran generado incomodidad en su última aparición estelar en el plano regional. Apenas una victoria interna simbólica de Juntos por el Cambio que supo construir un contexto público difícil para la visita del dictador venezolano, que nunca ocurrió.

Resultó una buena excusa para Maduro que, se conoce, sólo sale de gira al exterior a países donde posee garantías políticas. Cuba, Irán, Rusia, China, Nicaragua, Bielorrusia. Poco más. Respecto de la Argentina, el dictador posee confianza en el kirchnerismo. En Cristina. Mucho menos en Alberto, cuya figura fue denostada por el régimen de Caracas varias veces. La última: cuando un avión venezolano-iraní fue retenido en Ezeiza en junio del 2022 luego de un aterrizaje sorpresivo. Sus cinco tripulantes, sospechados de vínculos con organizaciones terroristas, fueron liberados recién en octubre.

Lula cumplió en la cumbre de la CELAC, en el plano doméstico, con todo lo que se pensaba. Dejó guiños a la vicepresidenta por el supuesto lawfare que la tiene jaqueada con causas de corrupción. Fue solícito acompañante de Alberto y su tropa que, al igual que el kirchnerismo, pensaría en aferrarse a la figura del líder del PT para transitar la campaña electoral en la cual pretende ganarse un lugar. El nuevo presidente de Brasil, sin embargo, se cuidó de no traspasar ningún límite. Conoce las incertidumbres que depara el recambio presidencial en la Argentina.

Los sueños del oficialismo en torno a Lula se multiplican. Cristina se esmera en proclamar su proscripción haciendo una analogía con lo que le ocurrió el líder del PT. Estaba encarcelado cuando fueron las elecciones del 2018 que ganó Bolsonaro. Por una causa de corrupción que fue desestimada por el Tribunal Supremo. Consideró que el juez Sergio Moro burló la jurisdicción pertinente del caso. La vicepresidenta se apartó por ahora de cualquier candidatura. Podría presentarse aun cuando tiene una condena en primera instancia a seis años de prisión, por adjudicación fraudulenta de la obra pública en beneficio de Lázaro Báez.

Aquella fantasía kirchnerista exhibe un impedimento de la política. Lula regresó al Planalto gracias a que expandió su alianza hacia la centro-derecha. Su vicepresidente es el liberal, ex gobernador de San Pablo y viejo rival, Geraldo Alckmin. Enfrentará un Congreso donde no tiene mayoría y gobernaciones clave (San Pablo, Rio de Janeiro y Minas Gerais) en manos de opositores. Pero navega sobre una herencia económica con una de las dos inflaciones más bajas del mundo (5,6% anual en 2022) y reservas por encima de los U$S 350 mil millones. Pregunta lógica: ¿cómo haría Cristina para diseñar una alianza de aquellas características? ¿Cómo superaría el escollo de la ideologización propia y del kirchnerismo?

Esa restricción ha empezado a espolear muchas elucubraciones en los hombres del Presidente. Aquellos que lo acompañan con la idea de la reelección. Teniendo en cuenta la fidelidad del núcleo duro que responde a Cristina, ¿qué candidatos estarían en aptitud de ampliar la coalición del centro hacia la derecha, como hizo Lula?, preguntan. No hay inocencia en la interpelación. Suponen que Alberto sería la persona indicada. Con la sombra de Sergio Massa, si la economía le permite ser competitivo.

Se trataría, una vez más, de la potencia de los sueños que sustrae a los políticos.

 

Fuente: Clarin

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