Martes 07 de Febrero de 2023
HACER CLIC AQUÍ

La economía empieza a enfriarse pero el dólar sigue muy caliente

Inversiones que no son inversiones sino movimientos especulativos, parches que son parches y un agujero energético que pinta carísimo. Todo alrededor del dólar, mientras el consumo masivo se da vuelta

Alcadio Oña

Alcadio Oña

Economía

Los números oficiales cuentan que la inversión sigue para arriba y acelerando, como no ocurre con ningún otro indicador económico de los considerados fuertes. Según el INDEC, en el segundo trimestre de 2022 la curva subió un 19% real contra el mismo período del año pasado y así más que duplicó el registro de 2020, cuando arrancó la trepada.

Un dato al interior del mismo cuadro dice que en los diez primeros meses de 2022 las importaciones de bienes de capital, sobre todo máquinas, aumentaron 30% y sumaron US$ 10.500 millones. Agregadas las compras al exterior de 2021, tenemos ahí alrededor de US$ 18.000 millones en dos saltos.

Y si para mayor abundancia incorporamos otros equipamientos de un perfil similar, la cuenta de 2021-2022 reforzada ronda impresionantes US$ 32.400 millones.

Normalmente, semejante volumen de inversiones se corresponde con una economía en crecimiento, estable, sólida y orientada a capitalizar oportunidades visibles en el mediano y el largo plazo. Está claro que poco o nada de eso existe hoy en la Argentina sino todo lo contrario, aunque, paradójicamente, la explicación del fenómeno sale de ese embrollo.

Cosas de este tiempo de incertidumbre, de desconfianza y de gestiones oficiales por lo menos zigzagueantes, las inversiones digamos en fierros y construcciones lucen como un refugio seguro y alternativo a los dólares paralelos, al fin nunca del todo estables. Es además un modo de darle curso a millones de pesos que, en el mismo acto en que se los cobra, pierden valor.

Alguien que conoce las entretelas de este mundo y ahora lo mira desde el otro lado del mostrador, el ex consultor y actual viceministro de Massa, Gabriel Rubinstein, ha afirmado: “Hay empresas que se sobre estoquearon hasta por ocho años”. Lo que se diría un alarde de precisión.

Puesta de otra manera, la definición de Rubinstein alude a grupos con capacidad financiera suficiente como para quedar equipados por unos cuantos años, aprovechando la temporada del dólar oficial barato y antes de que sea tarde. Luego no es inversión la palabra que mejor le cabe a esta movida sino la palabra especulación, y especulación a gran escala.

También ha funcionado a pleno, y aún funciona, una bicicleta harto conocida aquí. Consiste en entrar por el oficial, vender al precio del paralelo y alzarse con el rédito que surge de una brecha cambiaria hace rato excesiva y de nuevo instalada en la ancha zona del 90-100%.

Récords históricos, las importaciones llegaron a orillar los US$ 9.000 millones en junio de este año, o sea, 47% por encima de junio 2021 pese a cepos, vedas y trabas de las más variadas especies que se mostraron completamente inútiles hasta que, en octubre, algo semejante a un palazo hizo retroceder las compras al exterior hasta los si se quiere más normales US$ 6.080 millones.

El caso, nuevamente, es que detrás de los saltos que pegan las importaciones no hay una economía que acompañe o los explique. Hay más bien otra que ha comenzado a enfriarse, lo cual no resulta al fin ninguna novedad con una inflación al 100% y salarios que acumulan tres años corriéndole de atrás sin obviamente alcanzarla.

Un indicio del viraje que puede haber pegado la actividad económica es la caída vertical del 9,9% que, según estudios privados, anotó el consumo masivo en septiembre contra septiembre del año pasado.

Quizás la palabra indicio pronto se quede corta, pero de momento cuadra con el hecho de que durante los primeros nueve meses el repliegue había promediado un 3,5%, aunque ahí ya había un 6,8% negativo en el casillero de la demanda de alimentos.

Según el relevamiento que el Banco Central realiza entre consultores locales y del exterior, en el cuarto trimestre el PBI bajaría 1,2%. Suena a anticipo de un 2023 que ya pinta para crecimiento cero, esto es, parate y caída real por habitante.

Siempre apretado por una caja a todos los fines escasa, el Gobierno se ha lanzado a un agitada búsqueda de dólares adónde sea y a cómo sea.

Consumidos casi por completo los US$ 5.000 millones generados por el experimento de septiembre, cantado y tocando pito llegó el dólar-soja 2. El objetivo apunta, ahora, a cosechar rápidamente unos US$ 3.000 millones comprometidos por las cerealeras o, más precisamente, a comprar tiempo y estirar la cuerda cuanto sea posible pero sin resolver nada en firme.

A este paso, más pronto que tarde saldrá a la cancha el blanqueo que diseñó el hiper cristinista Oscar Parrilli y promociona Sergio Massa. Convertida en especialista en amnistías fiscales, será el tercero de Cristina Kirchner y una apuesta a que el poder de convicción de la AFIP pondrá en caja a quienes tienen dólares afuera.

A propósito de la misma serie, las reservas netas del tipo disponibles estimadas por diversas consultoras no llegan siquiera a US$ 3.000 millones; es decir, no alcanzan para cubrir quince días de importaciones semejantes a las encima racionadas de US$ 6.080 millones que el INDEC anotó en octubre.

De seguido, cálculos de entidades agropecuarias colocan en situación bastante comprometida a los US$ 3.000 millones previstos para las exportaciones de trigo de estos meses. Efecto de la sequía, también menguarán los dólares aportados por el maíz y, más adelante, desde abril, los que deje la súper soja.

Con el tiempo en contra y sin ninguna lluviecita a favor, queda a la intemperie, nuevamente, la histórica dependencia argentina respecto de las divisas que puedan venir del campo y, a la vez, la ausencia de verdaderos contrapesos por el lado de exportaciones manufacturadas.

Ya en tren de dependencias, una enorme, carísima y gestada en tiempos de Cristina presidenta es el agujero energético. A los precios internacionales de hoy, es decir, sin computar futuros y bien probables incrementos, la factura piso de 2023 arrancaría en alrededor de US$ 10.400 millones y, neta-neta, rondaría unos US$ 5.200 millones.

Los datos corresponden, en un caso, a las importaciones de los primeros ocho meses de este año, hasta agosto, y en el otro, a la diferencia entre las importaciones y las exportaciones también energéticas y del mismo período.

Hay aquí un implícito fuerte: se considera poco probable o directamente improbable que la construcción del gasoducto Néstor Kirchner, que transportará gas desde Vaca Muerta a la provincia de Buenos Aires, vaya a quedar terminada el 20 de junio, como prevé el Gobierno apostando a un invierno con un buen porcentaje de gas nacional. Por eso, las cuentas del ejercicio se estiran hasta agosto.

Una referencia clave en esta ecuación es que el 20 de junio no aparece como un compromiso firme y garantizado en ningún contrato; es, en palabras de un especialista, “una fecha política”. Y agosto es el momento en que, según otros especialistas, quedarían terminadas las obras.

Queda a la vista por donde se mire, en este recorrido por cierto parcial, que el kirchnerismo tiene por delante un terreno minado de aquí a las presidenciales de octubre 2023.

Pura y no tan pura conjetura, lo que sigue dice que puede ser una estrategia peligrosa estirar la cuerda o la mecha hasta ese momento: sencillamente, porque tal cual marchan las cosas nada asegura que eso que podía pasar después de octubre no pase antes de octubre.

Siempre a mano, un buen ejemplo es el dólar blue que luego de dormir durante largas semanas un día se despertó y armó un zafarrancho de aquellos. De paso, ¿qué fue del swap de China? y ¿para qué sirvieron los US$ 500 millones del BID, además de para pagarle al propio BID?

 

Fuente: Clarin

Compartir esta nota: