Domingo 27 de Noviembre de 2022
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El fútbol, la historia de los mundiales y el poder

Existe un consenso muy amplio sobre el significado del fútbol en la vida nacional; más del 90% de los argentinos cree que el campeonato será decisivo para el humor de la mayoría, pero sólo la mitad confiesa que será decisivo para su situación personal

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Carlos Pagni

LA NACION

La Universidad de San Andrés acaba de publicar una Encuesta de Satisfacción Política y Opinión Pública sobre el impacto que puede tener el mundial de fútbol en el humor político. Según esa investigación, liderada por el politólogo Diego Reynoso, el 77% de los consultados cree que el resultado del campeonato va a influir en el humor de la gente. El 49% supone que lo hará mucho; el 28%, sólo algo. Para un 7% la incidencia será poca y para un 8%, ninguna. ¿Afectará el resultado de las elecciones? Ahí los alineamientos se dan vuelta. Un 56% cree que no. En cambio, el 32% cree que sí. Dentro de este segundo grupo, sólo el 13% creerá que lo que le suceda a la selección en Qatar va a ser determinante de la disputa del año que viene. Los votantes del Frente de Todos piensan en este aspecto bastante parecido que los de Juntos por el Cambio. Los que menos conectan desenlace deportivo con desenlace electoral son los votantes de libertarios como Javier Milei o José Luis Espert. Como suele suceder con muchas otras cuestiones, muchos encuestados se sienten distintos del común de la gente. Así, el 91% cree que el campeonato será decisivo para el humor de la mayoría, pero sólo el 55% confiesa que será decisivo para su situación personal.

Existe un consenso muy amplio sobre el significado del fútbol en la vida nacional. El 90% de los encuestados opina estar muy o algo de acuerdo con que Messi es un ídolo nacional. El 68% esta muy de acuerdo con que el fútbol es parte de la cultura argentina y el 62% cree también estar muy de acuerdo con que Argentina es mundialmente reconocida por el fútbol.

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En este contexto, Alberto Fernández debería estar agradecido a la gastritis sangrante que se manifestó en Indonesia y lo derrumbó, desmayado, a los pies del español Pedro Sánchez. No hay mal que por bien no venga. Esa lesión, de la que se está recuperando, le impidió viajar este jueves a México, invitado por AMLO, Andrés Manuel López Obrador, para una cumbre de la Alianza del Pacífico. Es lógico: Fernández padece una predisposición a las trombosis, que lo obliga a consumir anticoagulantes en los viajes largos. Para los médicos fue un agravante para la hemorragia. Por lo tanto, le prohibieron volver a subir a un avión. Lo peor que le podría suceder a esa gastritis es que su dueño asista al electrizante partido Argentina-México rodeado de aztecas, y debiendo halagar, como él sólo lo hace, al egocéntrico López Obrador.

Más allá del dictamen médico, el presidente mexicano le quitó el motivo. Suspendió la reunión de la Alianza del Pacífico porque al peruano Pedro Castillo el Congreso no lo dejó salir del país. López Obrador está en una mala racha diplomática. Su candidato para presidir el BID, Gerardo Esquivel, fue derrotado por el brasileño Ilan Goldfajn, apoyado por Joe Biden y también por Lula da Silva. El mexicano no advirtió que Lula apoyaría a Goldfajn, que en un comienzo fue postulado por Jair Bolsonaro y el ministro Paulo Guedes. Alguien le hizo comer la curva, tal vez los norteamericanos, y él mantuvo a Esquivel. Se enteró del error cuando el representante de Washington votó por Goldfajn.

El acuerdo entre Biden y Lula es muy relevante. Se insinúa como el primer nudo de una alianza entre los Estados Unidos y Brasil que se extenderá de inmediato a la agenda ambiental. Lula apuesta a diferenciarse de Jair Bolsonaro en esa área. Una alegría para el ecológico Joe Biden: lo más probable es que envíe a su máximo funcionario en la materia, John Kerry, a la asunción del brasileño. Emmanuel Macron tendrá un problema: él venía escudándose en la negligencia de Bolsonaro en la Amazonia para bloquear el acuerdo comercial de la Unión Europea con el Mercosur. Enredos que todavía están por llegar. Lo inmediato: Fernández festeja tener que ver el partido contra México en Olivos y no al son de los mariachis.

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El cruce entre fútbol y política se remonta hacia la historia de casi todos los mundiales. También del que se está jugando en Qatar. No se trata sólo de la gravitación sobre el clima colectivo. Inciden, además, los intereses de dirigentes importantes en el negocio del deporte.

Desde un punto de vista técnico, habría que comenzar la secuencia con el mundial de 1966, que se jugó en Inglaterra. Pero no tenía la vibración que ahora conocemos. Por ejemplo: los partidos se transmitían en diferido. El de 1970, en México, resulta indiferente: la selección no llegó a clasificarse. Por eso el punto de partida debe fijarse en Alemania, 1974. Se jugó, como ningún otro, bajo el signo de la Guerra Fría: nunca antes ni después se asistiría a la competencia del equipo de Alemania Federal con el de Alemania Democrática.

Para la Argentina, el partido más significativo se jugó el miércoles 3 de julio, contra los alemanes del Este, en Gelsenkirchen. Dos días antes, en Buenos Aires, había fallecido Juan Domingo Perón. La noticia la dio Roberto Perfumo en plena concentración: “Murió el General”. Varios jugadores se resistieron a salir a la cancha. Según contó René Houseman años más tarde, debieron asistir porque la FIFA amenazó con desafiliar a la Argentina. El partido salió 1 a 1. El gol argentino fue de Houseman, que se lo dedicó a Perón.

En aquella ocasión los jugadores usaron un crespón. La bandera flameó a media asta. Y a los diez minutos del partido se produjo un espontáneo minuto de silencio. Era otra FIFA. El domingo pasado, cuando durante el partido Qatar-Ecuador la TV Pública puso un listón de luto por el fallecimiento de Hebe de Bonafini, la misma organización la obligó a retirarlo.

1974 fue un año clave también para la política del fútbol. El brasileño João Havelange comenzó su reinado en la FIFA, que se extendería hasta 1998. 1974 fue, por lo tanto, el puntapié inicial de una larga performance de negociados que terminaron en 2013, con la renuncia de Havelange como presidente honorario de la organización por un festival de sobornos en la concesión de los derechos para la televisación de los partidos. Para ese entonces la FIFA ya había quedado en manos de su ahijado Joseph Blatter. Este suizo completó la saga. Cuando hubo que elegir las sedes del mundial de 2018 y del que se está jugando ahora, estallaron innumerables casos de corrupción que derrumbaron por completo el edificio. El error estratégico fue burlarse de los Estados Unidos: Barack Obama había enviado al frente de la comitiva de su país en la selección nada menos que a Bill Clinton. Para 2018 se eligió a Rusia en detrimento de Inglaterra. Y para 2022 ganó Qatar. La versión más confiable afirma que Clinton regresó a Washington hecho una furia y le pidió a Obama que impulse una investigación sobre los movimientos de dinero de la conducción de la FIFA en los Estados Unidos.

El escándalo terminó con muchos ejecutivos procesados en la justicia norteamericana. Julio Grondona, el eterno presidente de la AFA y vicepresidente de la FIFA, murió a tiempo: casi un año antes de que arreciara la tormenta. Enredado en el escándalo, el empresario Alejandro Burzaco se entregó en los Estados Unidos como arrepentido. En cambio, sus colegas Hugo y Mariano Jinkis consiguieron no ser extraditados a ese país gracias a que el juez Claudio Bonadio los procesó por delitos locales, impidiendo su salida del país. Los Jinkis supieron cómo agradecer. Directivos de la Conmebol vinculados a la política, como José Luis Meiszner, siguen con pedido internacional de captura. Meiszner ha sido el alter ego de Aníbal Fernández en el control del Club Quilmes.

El mundial que quedó convertido en un clásico de la manipulación facciosa fue el de 1978, bajo la dictadura militar. Aquel clima quedó atestiguado por la película La fiesta de todos, con protagonistas variadísimos, de la que su director, el genial Sergio Renán, debió arrepentirse el resto de su vida.

La política se siguió entrelazando con el fútbol cuatro años después. La copa se disputó en la España de la primavera democrática: fue el primer mundial posterior a la muerte de Francisco Franco, bajo el gobierno de Adolfo Suárez, meses antes de que lleguen al poder los socialistas, con Felipe González.

En la Argentina, la guerra de Malvinas había alineado al Gobierno y también al fútbol. Antes del mundial la selección soviética jugó un amistoso con la argentina en River. El coronel Raúl Premoli, de extraordinaria influencia en el fútbol de aquel momento, logró que los rusos jugaran también con el equipo Loma Negra en Olavarría.

Aquel torneo aportó otra novedad: fue la primera vez que se produjo una asociación de hinchadas. Las dirigían algunos célebres malentretenidos: Roncallo y “Pajarito”, de Argentinos Juniors; “Madera”, de San Lorenzo; el “Cabezón Fanta”, de Rosario Central; el “Loco Julio”, de Huracán; y “Turi” Ginés, de Chacarita. Para viajar a Madrid hicieron méritos: hasta animaron con sus bombos el gigantesco asado que se le ofreció a Leopoldo Galtieri en Victorica.

Fue un campeonato luctuoso, como reconstruye el periodista e historiador Alfredo Bernardi en su libro “El Gráfico y las Malvinas”. La selección, por primera vez con Diego Maradona en sus filas, abrió el torneo contra Bélgica en el Camp Nou de Barcelona. Fue el 13 de junio. Al día siguiente Mario Benjamín Menéndez entregó Puerto Argentino.

Ese clima de florecimiento político que vivían los españoles en 1982 fue experimentado por los argentinos en 1986. Raúl Alfonsín, que todavía se sentía en capacidad de remodelar todo, quiso intervenir sobre la selección. Tenía excusas: el comportamiento del equipo durante las eliminatorias había sido alarmante. Por eso el secretario de Deportes, Rodolfo “Michingo” O’Reilly, intentó reemplazar a Carlos Salvador Bilardo por el “Pato” José Pastoriza, la gran estrella de Independiente, el club del Presidente. Las manualidades del tema quedaron en manos de Carlos Bello, el caudillo de La Boca, de Osvaldo Otero, de Racing, y de Alberto Ibáñez, el legendario “Tatino”, de Huracán.

La contradicción entre partidos se jugaba entera en esa embestida. Los sindicatos militaban en la vereda de enfrente. Faltaba un año para que tomen el Ministerio de Trabajo. En la disputa, sostuvieron a Bilardo. Armando Cavalieri ofrecía un camping de Comercio para algunos entrenamientos, mientras Jorge Triaca reunía fondos para financiar los viajes de las hinchadas. Triaca se movía con la colaboración de Raúl “Pistola” Gámez, un radical que llegaría 10 años más tarde a la presidencia de Vélez. Gámez se hizo célebre, entre otras cosas, porque en un cumpleaños de “Coco” Basile desafió a pelear a Carlos Monzón.

México fue la redención de Bilardo. La consagración de Maradona. También de Víctor Hugo, que realizó el mejor relato de un gol, que se recuerde. El relato del mejor gol de la historia, el segundo de “Barrilete Cósmico” contra Inglaterra, el 22 de junio, en el Estadio Azteca. Era también una revancha subliminal, simbólica, sobre la guerra.

Alfonsín debió resignarse a felicitar a Bilardo. Cuando lo llamó por teléfono, al DT le pusieron una cámara adelante, para que se tragara los reproches. El Presidente no viajó a México. Envió a Conrado Storani, su ministro de Salud y Acción Social. Cuando recibió al equipo en la Casa Rosada, Alfonsín evitó exhibirse en el balcón. Fue una señal de circunspección. Y de cautela. El festejo de Bilardo fue en otra sede, la mueblería familiar, de Juan B. Justo al 5000, donde el dueño de casa ofreció un asado, rodeado de sindicalistas.

Cuatro años después el mundial se jugó en Italia. ¿Presidente? Un Carlos Menem que, zamarreado por la hiperinflación, pedía un triunfo a gritos. Al revés de Alfonsín, no se privó de gusto alguno. Viajó a Milán y, un día antes de que empiecen los partidos, en el estadio de San Siro, traje gris claro y patillas todavía largas, entregó a Maradona el pasaporte diplomático que lo convertiría en embajador. El día siguiente fue funesto. Menem estaba en la platea y la Argentina perdió con Camerún en el arranque del torneo. Sur, un diario de izquierda que dirigía Eduardo Luis Duhalde, tituló en la tapa: “Efecto Méndez”. El 9 de julio Menem cobró venganza. Recibió a los subcampeones de aquel año en la Casa Rosada, donde las estrellas eran él y Maradona.

El de 1994 fue, acaso, el último mundial asociado a alguna euforia, hasta el de 2010. Se jugó en los Estados Unidos y sobre la Argentina cayó un baldazo de agua fría cuando Maradona fue retirado de la cancha después del examen antidoping. La frustración contrastó con el ambiente de la época. Los argentinos habían inundado las sedes norteamericanas. Disfrutaban la edad de oro de la convertibilidad. Mientras se desarrollaban los partidos, Menem hacía reformar la Constitución en Santa Fe. No quería que al año siguiente le “cortaran las piernas”.

La politización del fútbol entró en el mismo anticlímax de la vida pública, aplastada por la recesión. Para asistir a su reanimación habrá que esperar a 2010. Los Kirchner estaban en su alto imperio. Ya habían capturado la televisación del fútbol, gracias a los servicios de Grondona, negociados con Meiszner y Aníbal Fernández. La AFA había incorporado a Maradona, ya envuelto en la bandera del castrismo, como técnico. Hugo Moyano, todavía un engranaje clave del oficialismo, hacía viajar a su familia a Sudáfrica en el avión de Ricardo Depresbiteris, recolector de residuos, y ahora presunto socio oculto de Edenor, donde inició su campaña Fabián Doman para destronar al camionero en Independiente. La amistad entre las barras, fundada en 1982, desnudó en 2010 su degradación: el kirchnerismo alentó, con misteriosos subsidios a la ganadería, Hinchadas Unidas, una organización semidelictiva protegida por Marcelo Mallo, que cayó preso en diciembre de 2015, durante la fuga de los hermanos Lanatta y de Víctor Schillachi del penal de General Alvear. Los Lanatta, amigos de Meiszner.

El mundial de 2018, jugado en Rusia, estaba llamado a tocar las estrellas. Presidía el país Mauricio Macri, surgido de las entrañas del fútbol. Pero el exlíder de Boca estaba ya atrapado en la pesadilla de la economía, que había comenzado en abril. La pérdida paulatina de poder se verificaba también en el fútbol. A pesar de conocer ese mundo como pocos, Macri no consiguió colonizar del todo a la AFA. Pudo cortarle el camino de Marcelo Tinelli, quien había tenido gestos demasiado amigables hacia Daniel Scioli en la campaña de 2015. El Presidente pactó, entonces, con Moyano y, a través de gestiones ejecutadas por Daniel Angelici, coronó al yerno Claudio “Chiqui” Tapia al frente de la organización.

Con la derrota electoral llegó otra, tanto o más dolorosa: la salida de Boca. Un fracaso de Angelici, que obliga hoy al binguero a inclinarse ante la candidatura del más competente Andrés Ibarra. Boca es “La Matanza” de Macri. Allí se frustró su experimento sucesorio. Acaso fue con la partida de Pedro Pompilio. Era su verdadero hombre de confianza, sorprendido por la muerte el 30 de octubre de 2008. En Lomas de Zamora todavía se lo llora.

El destronamiento del macrismo en Boca fue una manifestación de la corrosiva enemistad de Sergio Massa con el expresidente. Fue Massa quien definió que Román Riquelme intervenga en la vida del club para sacar a Macri. Desde esa plataforma, Massa opera sobre la AFA. Entre otros, a través del santiagueño Pablo Toviggino. Fue el gestor clave, con intervención de Adrián Kochen, que siempre va ligero, de los derechos de transmisión del fútbol por TV. El otro fue Santiago Carreras, el hombre de La Cámpora dedicado a estos negocios, que “trabaja” en YPF.

A esta trama apunta Macri cuando, sumándose a una denuncia de Graciela Ocaña, pide que se investigue “qué hay detrás” del contrato de la AFA con Be Smart, la sociedad offshore que domina la plataforma Mundo Selección. Allí trabajó, hasta que renunció “con la consciencia tranquila”, pero en medio de un escándalo, el hijo de Massa. Desde la exótica Doha, la guerra continúa.

Carlos Pagni

 

Fuente: La Nación

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