Domingo 27 de Noviembre de 2022
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La apatía y el enojo no resuelven nada

Se trata de cambiar la estructura de incentivos para mejorar la calidad del debate público y la toma de decisiones.

Yanina Welp

Yanina Welp

¿Tienen ganas de ir a votar en las próximas elecciones? Con esa pregunta inicié, el 2 de noviembre de 2022, una charla TEDxRíoDeLaPlata en el Movistar Arena a la que asistieron más de diez mil personas. No esperaba el masivo y sólido “noooo” que se extendió por la sala.

El problema está sobre la mesa. Según la encuesta del Latinobarómetro, en 2020 un 77% de la población pensaba que su país estaba “gobernado por unos pocos grupos poderosos en su propio beneficio” y un 86% expresaba poca o ninguna confianza en los partidos políticos. Algo similar ocurría con el Congreso.

La gente percibe que los partidos están demasiado ocupados en mantener o conseguir el poder y eso genera un vacío (así lo calificó el politólogo Peter Mair en “Gobernando el vacío”) que se intenta tapar con cortinas de humo.

La estrategia de ataques al adversario y polarización cala en la ciudadanía. Es a esto a lo que se llama crisis de la representación: desconfianza, enojo, malestar. Si le sumamos la pobreza, estamos frente a un cocktail explosivo.

Por ahora las elecciones siguen funcionando, pero la cuerda está demasiado tensa y de a ratos amenaza con cortarse. ¿Por qué cumplir con las leyes o aceptar pagar impuestos si pensamos que sólo se beneficiarán unos pocos? ¿Por miedo a la cárcel o a las multas?

Quizás, pero eso no sostiene la cohesión social a lo largo del tiempo y cuando el malestar con el estado de cosas se confunde con y se convierte en rechazo a la política, se pierde margen de maniobra. Lo estamos viviendo, cada vez más gente piensa que da lo mismo quién gobierne o que da lo mismo una democracia que una dictadura. Surgen cuatro opciones: la apatía, la adhesión a propuestas mesiánicas, el estallido o la apuesta por renovar la política.

La apatía no resuelve nada y refuerza el espiral de decadencia. Las propuestas mesiánicas de líderes iluminados siempre acaban mal (aunque otra vez están golpeando la puerta).

El estallido merece mayor análisis. ¿Es legítimo que mucha gente quiera “romper todo”, que sienta que no le importa nada?: la historia demuestra que los estallidos, las explosiones de ira acumulada que desbordan las organizaciones y liderazgos tienen consecuencias tremendas. No podemos romantizarlos.

Recuérdese que el principal legado de la Revolución Francesa en su tiempo fue la guillotina. A las revueltas de 1789 le siguieron años de contrarrevoluciones, se cortaron las cabezas de los reyes, pero también fueron descabezados los revolucionarios (Danton, Robespierre, y tantos otros).

En 1793 se elaboró la constitución más participativa y abierta de su tiempo, pero nunca entró en vigor por la declaración del estado de sitio y el posterior cambio de régimen. Más tarde Napoleón Bonaparte se autoproclamó emperador, siguió la restauración monárquica, nuevas revueltas, la comuna de París, la dictadura de Napoleón III.

Décadas pasaron hasta que volvió la calma. Le debemos mucho a la Revolución Francesa pero los que la hicieron no vieron sus frutos, ni tampoco sus hijos. De la principal lección que estos hechos dejan deberían tomar nota nuestras élites, para actuar a tiempo.

Vamos por la cuarta opción, renovar la política. Hay decisiones fundamentales de la vida ciudadana que no pueden tomarse más por unos pocos y a puertas cerradas, por ejemplo las cuestiones que comprometen no sólo el presente sino también a las generaciones futuras o las decisiones sobre acciones de alto impacto medioambiental; como qué hacer con la minería o con nuestras fuentes de agua o también los acuerdos para tomar deuda externa.

Se trata de cambiar la estructura de incentivos para mejorar la calidad del debate público y la toma de decisiones: combinar la deliberación de asambleas sorteadas mixtas (un tercio de partidos políticos y dos tercios de ciudadanas y ciudadanos sorteados) con la toma de decisiones en referendos (como se hizo en Irlanda en 2014, cuando se aprobó el matrimonio de parejas del mismo sexo).

Las asambleas sorteadas mixtas permiten el debate informado, moderado por personas de reconocida trayectoria y sin afiliación partidaria y caracterizado por el razonamiento ilustrado. La participación de representantes no los disocia del proceso brindando una oportunidad para ejercer su liderazgo, pero en igualdad de condiciones.

La toma de decisiones en referendo otorga la requerida legitimidad primaria producida por el voto. Se puede ir más lejos ya que las opciones, según el modelo suizo de propuestas y contrapropuestas, no necesitan ser binarias sino que pueden abrir una gama de posibilidades.

No se trata de ir hacia el “participacionismo frenético”, que seguramente no haría más que agravar las cosas, sino de generar nuevas instancias de toma de decisiones para unos temas muy específicos y delimitados. No es descabellado y puede funcionar. No hay soluciones mágicas, pero sí hay opciones malas, como buscar atajos que la historia demostró mil veces que no funcionan. El riesgo que vamos a correr es mucho menor al de seguir haciendo lo mismo.

Yanina Welp es politóloga. Investigadora en el Albert Hirschman Centre on Democracy, en Ginebra.

 

Fuente: Clarin

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