Domingo 27 de Noviembre de 2022
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El nuevo relato del fin del mundo

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Sergio Suppo

PARA LA NACION

En la confusión entre lo grave y lo urgente, en la Argentina despunta una primavera insólita y tensa. La pretensión de instalar un clima de fin del mundo, de abismo irremediable, deja al descubierto los rasgos del enésimo intento de impunidad para Cristina Kirchner.

El atentado contra la vicepresidenta vino a producirse justo en el momento en el que empezaba a declinar la furia oficialista desatada en contra del pedido de condena a 12 años de prisión en el juicio de Vialidad.

El intento de ataque existió, nítido y televisado. Menos claro es su origen y se torna cada vez más complejo saberlo mientras se desarrollan sus consecuencias.

La investigación judicial avanza entre mensajes telefónicos autoincriminatorios que, antes que nada, presentan a los autores del intento de asesinato como un grupo de torpes y precarios lúmpenes. ¿Se agota en ellos la decisión de producir semejante acción? ¿Son acaso mano de obra dirigida desde algún oscuro rincón de vaya a saber qué espacio de poder? Son preguntas que tienen por ahora respuestas parciales, ambiguas y cambiantes. Lo que sí se puede interpretar es la recalada de hechos políticos que se produjeron inmediatamente después del fallido intento de matar a la dirigente más influyente de las últimas dos décadas.

"Laclau y otros académicos y teóricos fueron usados para maquillar con una pátina de intelectualidad conductas autoritarias"

 

Apenas tres horas después de que la pistola fuera gatillada a centímetros de Cristina Kirchner, el presidente Alberto Fernández ya había tomado nota de lo que debía decir. “Estamos obligados a recuperar la convivencia democrática que se quebró por el discurso del odio que se ha esparcido desde diferentes espacios políticos, judiciales y mediáticos de la sociedad argentina”, leyó el Presidente en los últimos minutos del jueves 1° de septiembre.

Fernández adoptó de inmediato el relato de condenar a la misma supuesta conspiración que Cristina Kirchner viene denunciando hace años como responsable de sus desgracias. Eso incluye también ahora atribuirle un plan para asesinarla. Nada menos. El discurso fue repetido con especial virulencia desde que el fiscal Diego Luciani hizo su alegato y pidió la condena. Y adoptó el intento de magnicidio como argumento.

El Presidente refrendó esa idea en la mismísima Asamblea General de las Naciones Unidas, al referir como autor intelectual a la oposición, que durante años se autodefinió republicana. Dijo sobre ellos: “Estoy seguro de que la violencia fascista que se disfraza de republicanismo no conseguirá cambiar ese amplio consenso al que adhiere la inmensa mayoría de la sociedad argentina”.

Es la misma receta para males diversos que convergen sobre la situación de la vicepresidenta.

La batería de recursos para mantener a la Argentina en una situación de tensión que resulte intolerable para los opositores y gane por cansancio a los indiferentes incluye a algunos invitados inquietantes. Casi a coro, con diferencia de horas, el exjefe montonero Mario Firmenich y el exjefe del Ejército César Milani advirtieron sobre el riesgo de una “guerra civil” en el país.

Esos augurios forman parte de una repetición al infinito de la atribución de la fabricación de odio a opositores, jueces y periodistas. Es extraño que una fracción política le atribuya a otra todos los males de la humanidad sin que la puerilidad del argumento se vuelva en su contra.

La famosa grieta que pretende explicar los problemas del país tiene un largo recorrido en la Argentina. Ya se sabe que siempre hubo en la Argentina corrientes contrapuestas con más o menos intensidad durante dos siglos. Pasa lo mismo en casi todas partes.

Pero esta grieta, la más reciente, fue reabierta durante los años iniciales del kirchnerismo y justificada de apuro con lecturas de pensadores como Ernesto Laclau, que postularon que el conflicto es imprescindible para la obtención de objetivos políticos concretos. Laclau y otros académicos y teóricos fueron usados para maquillar con una pátina de intelectualidad conductas autoritarias que el matrimonio presidencial trajo a la Casa Rosada como exitosa y lucrativa práctica desde Santa Cruz.

Juntos por el Cambio apareció casi una década más tarde como espejo contrario al kirchnerismo. La existencia de esta alianza se explica hasta hoy más por su oposición al oficialismo que por una identidad propia. Mientras, el sistema político empieza a correr sus límites por sobre esos dos grandes conglomerados.

No es lo más importante de estas horas. El kirchnerismo trabaja para forzar a los opositores a convencerse de que el país no será viable si Cristina no es liberada de sus causas judiciales.

En la desesperación que produce la posibilidad de una sentencia inminente, se desnudan desprolijidades y apresuramientos como el precipitado llamado a una cumbre entre la vicepresidenta y Mauricio Macri.

Agrietado a su vez por la ambición de sus principales protagonistas, Juntos por el Cambio se siente cerca de volver al poder, aunque lejos de consolidarse en una misma posición. Mientras, el kirchnerismo intenta forzarlo a una negociación sobre los problemas judiciales de Cristina. Debe quedar claro: la convocatoria no apunta a negociar posibles políticas de Estado sobre las cuestiones que más angustian a los argentinos; no hay otra cosa más que un plan para liberar de juicios a la vicepresidenta.

Al margen, Sergio Massa lleva adelante un ajuste por inflación y una precipitada colecta de dólares para salvar de mayores desgracias a su propia aspiración presidencial y la suerte declinante de todo el Gobierno.

La economía no es el fin del mundo que agita el oficialismo para atraer a un acuerdo a sus enemigos declarados. Es la amenaza de un país tumultuoso y violento, en el caso de que Cristina sea condenada, la vaina con la que el kirchnerismo corre desde el Estado a toda la Argentina.

Sergio Suppo

 

Fuente: La Nación

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