Miercoles 10 de Agosto de 2022
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El teatro, la baja política, y el carnaval, por: MIGUEL WIÑAZKI

El teatro ha sido siempre una parte de la religión, afirma Toby Green, en eminente estudioso de la Inquisición Ibérica. 

El espectáculo del terror se presentaba en las plazas públicas, para atormentar a los herejes ante la vista de las multitudes que -paradojas de la insondable condición humana- se excitaba, reía y aplaudía, ante la sangre de los otros brotando e hilando de rojo los púlpitos castigadores. Sin embargo, cualquiera de los asistentes podría ser el próximo torturado.

Haciendo las debidas traslaciones, el teatro es siempre una parte de la política, aún hoy, o tal vez hoy más que nunca.

Abundan los púlpitos desde los que se enuncian discursos que en general no son resolutivos y que rozan o de pronto se sumergen en la dislexia gubernamental y verbal. Se habla, pero solo se emiten confusiones y en todo caso alocuciones auto justificatorias a las que cada vez se les presta menos atención.

No hay torturas por supuesto en democracia en la Plaza Pública, pero si hay tormentos de otro tipo, sobre todo ancladas en la irrefutable desesperación económica de la mayoría. Protestar públicamente es teatralizar el reclamo, y así los piquetes convierten a todo el país en un teatro en el que somos a un mismo tiempo actores y espectadores.

Las multitudes se atragantan en las autopistas bloqueadas, otras muchedumbres se instalan en la 9 de Julio, y los camiones se petrifican sin gasoil, y todo falta, y la representación de todos es un carnaval que nos atrapa, nos hipnotiza, y no termina nunca de resolver nuestros problemas de raíz.

El carnaval, una de las formas dilectas del teatro popular abierto, operaba de manera análoga y a la vez inversa a la teatralización del tormento: era una liberación y una forma desatada de romper ligaduras y opresiones.

Sin embargo, podía encubrir algo siniestro detrás.

Por ejemplo, una idea interesante denominada “Chusma”, que fue y pretende ser una “Caravana arte-afectiva bonaerense visibilizando las producciones de les artistas trans y no binaries… para meter a la chusma en los museos y sacar a los museos a la calle”.

Suena justa, más allá de la polémica de la “e”, como varita mágica de la ecuanimidad. Es una decisión movilizadora, y es rigurosamente cierto que hay históricas violencias del Estado contra las personajes que no asumen las reglas milenarias de las conductas sexuales canónicas.

Detrás de la idea está sin embargo la joyita de Florencia Saintout, referente del dogmatismo mas fanático, admiradora de Chavez y de los totalitarismos latinoamericanos, históricamente homofóbicos como el cubano, y tutora intelectual de Fernando Esteche, que no es un adalid de la pacificación precisamente. Saintout estuvo frente a frente con Horacio Braga, uno de los asesinos de José Luis Cabezas, y solo se refugió en un silencio infinito para no imputarle nada al sicario.

Florencia Saintout condena la política del “garrote” y pide la liberación de Milagro Sala, que ejercía la violencia contra sus sometidos, al margen de la gravísima corrupción que la incrimina.

Como sea, algo no terminó de funcionar bien en la iniciativa de “Chusma”, según fuentes internas, por desinteligencias entre las áreas de cultura de provincia y de Nación. Pero eso son detalles que exhiben las dificultades para concretar cualquier cosa y casi todas las cosas.

Una idea inclusiva puede ser una fachada para la exclusión , para encubrir con velos efímeros la realísima exclusión de la pobreza y de la marginalidad creciente, y la pauperización hiriente como el hambre.

La identidad sexual en libertad es un derecho que no necesita de las manipulaciones y los usos y de los réditos que busca para sí la baja política.

Hay un agregado: como la iniciativa de las caravanas manifiesta una reivindicación necesaria, psico- socialmente opera como un inhibidor para formular cualquier crítica al respecto.

Es un mensaje. "Somos buenos, no pienses pienses mas".

Son paradojales “inclusividades” que enmascaran en general una exclusión de fondo.

El carnaval medieval, según enseña el genio de Mijail Bajtin, era una liberación momentánea de las jerarquías para solidificarlas luego. Tres días de emancipación y de indulto a los sometidos, para que vuelvan a subordinarse luego a sus mecenas feudales.

Se dibuja y perfila una sátira. En realidad en tiempos de profundización de la miseria, lo que acontece con la teatralización farsesca de la justicia es una blasfemia contra la verdad de lo que está en el fondo aconteciendo: la gresca interminable en la cima misma del poder formal opera una catalepsia de la gestión y todo se detiene como las camiones sin gasoil.

Detenidos y desorganizados. Y la demagogia ya no alcanza. Ya no alcanza para convencer a nadie.

 

fuente: clarin

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