Sábado 25 de Junio de 2022
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Nada es más importante para la economía que cómo se comunica

A través de las palabras, no de los números, se construyen escenarios futuros; los indicadores siempre necesitan un marco que los haga legibles

Fernando J. Ruiz

PARA LA NACION

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El 26 de abril de 1985 el sociólogo Juan Carlos Torre ayudó a redactar el discurso del presidente Raúl Alfonsín sobre la “economía de guerra”, y salió a la Plaza de Mayo a escucharlo junto a los manifestantes. Enseguida notó el frío que corría en esas personas cuando se escucharon las palabras de ese Churchill económico tan improbable. El propio Alfonsín dijo después que no pudo modular el tono de voz y se sintió obligado a gritar todo el discurso porque, cerca del balcón, había un grupo de la Juventud Peronista con megáfonos, donde estaba una joven Patricia Bullrich, que no lo dejaban hablar.

La economía mordía el abismo y había que cultivar a la sociedad para tomar decisiones difíciles. En pocos meses, la llegada del Plan Austral dio un empujón electoral al gobierno, pero su agotamiento en un tablero bloqueado, entre otras cosas por la insubordinación militar, hizo explotar la economía y la vida cotidiana.

Cuando una película ya se vio, basta el trailer para revivirla. Lo mismo les pasa a los argentinos con sus crisis económicas.

Hoy estamos igual, por lo que ahora nada es más importante para la economía que cómo se comunica. La economía son sobre todo palabras, no números. A través de aquellas se construyen escenarios futuros. Los indicadores siempre necesitan un marco que los haga legibles. Y esas interpretaciones son un compilado de palabras frágiles, borrosas, precarias, ambiguas, que encubren intereses, ideologías, ilusiones y frustraciones diversas. El resultado son escenarios futuros múltiples, donde conviven los auspiciosos con los apocalípticos.

Por eso, la pregunta clave para quien tenga que tomar una decisión económica es: ¿las palabras de quién voy a creer? Y la respuesta la dan a diario, con sus actos, los agentes económicos grandes, medianos y pequeños. La acumulación de esas acciones es lo que va a definir si nos caemos o no.

En los ochenta, los planes de shock tenían una teoría de la comunicación implícita. La dureza de las medidas era un símbolo de la inexorabilidad del cambio, por lo que se buscaba comunicar a los agentes económicos que sí o sí tenían que adaptarse a esa nueva política. En su trepidante libro, Diario de una temporada en el quinto piso. Episodios de política económica en los años de Alfonsín, Torre cuenta que ya en su primera misión al Fondo Monetario Internacional en 1984 le asombró la dureza de las medidas: “Sugieren un número brutal para que la gente se dé cuenta de que esto va en serio”. A lo que Torre les respondía con sorna: “¿Alguna otra cosita?”.

Durante el gobierno de Macri la relación con el FMI fue igual de contradictoria, donde las partes simulaban acuerdos que sabían imposibles, como surge del relato preciso de esas negociaciones del periodista Carlos Burgueño en Macrinomics. Crónica de una decepción política. El acuerdo es en esencia un acto de comunicación para dar señales fuertes a los agentes económicos.

En 1985 no solo saldría el Plan Austral, sino también un plan de shock en Bolivia, pensado por el economista Jeffrey Sachs, con la ayuda de un joven Martín Redrado, que intentó transformar la economía a partir de un decreto ley ómnibus. El presidente Víctor Paz Estenssoro lo anunció con una frase impactante: “Bolivia se nos muere”.

Esos shocks antiinflacionarios eran actos de comunicación para proyectar expectativas positivas. Pero ponían a prueba la confianza en la capacidad de un gobierno de cumplirlo. Es una ruleta rusa, con una sola bala: se ponen metas muy exigentes, difíciles de cumplir, y después hay que resistir los mitos derrotistas que erosionan las expectativas.

En ese escenario, dice Torre, los diarios son “una plataforma para el juego de presiones en las sombras dentro del que se desenvuelve la gestión de gobierno”. Como siempre, los medios son el escenario del debate y por lo tanto del juego de presiones que incluye ese debate. Eso se da tanto en on como en off the record, y los buenos periodistas son conscientes de esos espadazos partidarios o sectoriales a través de la prensa, y no son apenas instrumentos ciegos. Por eso Torre escribió en su diario de gestión: “Un ejercicio al que nos dedicamos cotidianamente quienes estamos en el gobierno” es “descifrar los mensajes que con la protección del off the record se envían a través de la prensa desde distintas facciones del propio gobierno”. Es así como ocurre en cualquier país, incluso en autocracias, como pasó en la última dictadura argentina, cuando entre distintas usinas del Ejército o de la Marina competían utilizando las filtraciones a la prensa.

Por eso, en especial en una situación de crisis, la política económica oficial necesita voces fuertes, porque si no ese vacío explicativo lo llenan los intereses sectoriales. Una política económica es un conjunto de señales que se espera que los agentes económicos respeten. Pero solo lo harán si ven que esas señales tienen un Estado detrás que las hará cumplir y que el resto de los actores irá por ese camino. De lo contrario, caemos en lo que Torre llama “la irrelevancia de la política económica”, que es cuando en el propio gobierno no respetan esas señales. Desesperado, Alfonsín le pidió a su jefe de Inteligencia que investigue de dónde salían los rumores de la renuncia del ministro de Economía. Sus propios ministros no acompañaban el plan, por lo que era imposible que los agentes económicos tomaran esa política como durable. Igual que con el actual gobierno, donde funcionarios claves del área económica rechazan el acuerdo con el FMI y difícilmente se esfuercen en cumplirlo. Aquí a un gobierno solo le queda admitir, con la lúcida ironía de la banda uruguaya Cuarteto de Nos, que “hasta mis debilidades son más fuertes que yo”.

Desde 1983, la economía solo pudo salir de un modo transicional, provisorio, por un breve lapso durante la convertibilidad. En ese modo transitorio, precario, las ganancias que se buscan son rápidas, dado el riesgo cierto de que las reglas detonen pronto. Es una economía gobernada por las imágenes de las frustraciones pasadas, sin proyección de futuro.

Y, cuanto peores son las imágenes que nos proyectamos, más influye lo que ocurre en la prensa. La inestabilidad nos vuelca a ajustar nuestros escenarios, con nueva información, día a día. El periodista y político inglés Adam Fergusson escribió en Cuando muere el dinero que, durante la pesadilla de la hiperinflación alemana de 1921-3, cuando se producían huelgas de imprenta y los diarios no salían por varios días aumentaban la consternación, los rumores y el pánico.

Torre describe cómo solamente la hondura mayor de una crisis genera la demanda para una reforma económica profunda, pero cuando llega esa crisis ya no hay poder disponible para aplicarla. Pero no se puede esperar a que el abuelo choque con el auto para convencerlo de que ya no puede manejar. Por eso, la clase política necesita llegar a un acuerdo previo para evitar esa tragedia.

¿Y qué significa tener poder en política económica? Lo mismo que suele significar en cualquier otro tema: tener una voz que sea creída y seguida. Alfonsín logró esa voz con su segundo ministro de Economía; Menem, recién con su cuarto ministro; Duhalde lo logró con el segundo, al que Kirchner lo adoptó como su voz económica hasta que él consolidó una voz propia.

Si los ministros pasan como sombras, no hay política económica. Lo bueno de este momento es que, junto con el horizonte electoral de 2023, todos parecen estar pensando también en la voz fuerte que necesitan para el día después.

Profesor de Periodismo y Democracia de la Universidad Austral

Fernando J. Ruiz

 

Fuente: La Nación

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